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miércoles, 22 de abril de 2009

Cantar 1 de Heinrich Heine

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- 1 -

Todos los días digo al levantarme:
¿Vendrá mi dulce bien?
Todas las noches digo al acostarme:
engañóme hoy también.

Paso insomne la noche, en el quebranto
de mi tenaz dolor;
paso el día dormido, en el encanto
de un sueño burlador.

Cantar 2 de Heinrich Heine

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- 2 -

En la quietud de la noche
mi mal a solas lamento,
de la vana muchedumbre
los regocijos huyendo.
A solas corren mis lágrimas,
corren sin tregua ni término;
enjugarlas no consigo
con mis suspiros de fuego.
Un día, niño inocente,
cifré mi dicha en los juegos;
gozaba el don de la vida
sin saber lo que son duelos.
Jardín alegre era el mundo
de lozanas flores lleno;
rosas, lirios y violetas
mis únicos pasatiempos.
Soñando en verde floresta
vi juguetón arroyuelo;
miréme en sus claras linfas;
estaba pálido y tétrico.
Estaba tétrico y pálido
desque mis ojos la vieron:
trocóse en pena mi júbilo
sin sentirlo ni saberlo.
De los cielos descendida,
dulce paz llenó mi pecho;
de los cielos descendida,
huyó otra vez a los cielos.
Tinieblas llenan mis ojos,
sombras me van persiguiendo;
escucho sobresaltado
dentro de mí extraño acento.
Acométenme furiosos
ignotos padecimientos,
y mis entrañas quemando,
me consume extraño incendio.
Y esta hoguera que me abrasa,
y este dolor, del que muero,
amor, amor soberano,
míralo bien, ¡tú lo has hecho!

Cantar 3 de Heinrich Heine

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- 3 -

Sobre mi pecho pon tu manecita ;
lo sentirás latir con inquietud:
un traidor carpintero en él habita,
y está claveteando mi ataúd.
Golpea sin descanso el día entero,
y mi sueño robó su golpear:
acaba pronto, infame carpintero,
y déjame morir y descansar.

Cantar 4 de Heinrich Heine

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- 4 -

Cada cual con su pareja
pasea bajo los tilos;
yo, abandonado de todos,
solo voy conmigo mismo.
El corazón me da un vuelco
cuando esas parejas miro:
pareja también yo tengo;
pero lejos de estos sitios.
Mucho tiempo estoy sufriendo
y más tiempo, no resisto:
cierro la breve maleta;
tomo el bastón de camino.
Andaré leguas y leguas,
y a la boca de un gran río
la ciudad veré que encumbra
tres torres por obeliscos.
Allí serán mis angustias
trocadas en regocijos,
y mi dulce parejita
llevaré bajo los tilos.

Cantar 5 de Heinrich Heine

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- 5 -

Cuna de mi pena ansiosa,
sepulcro donde reposa
mi tranquilo bienestar,
ciudad querida y hermosa,
¡adiós! te voy a dejar.

¡Adiós, umbral consagrado
por la huella de su pie!
¡Adiós, sitio afortunado,
donde primero, extasiado,
su hermosura contemplé!

¡Ojalá nunca te viera,
reina de mi corazón!
No, atribulado, sufriera
esta suerte lastimera
que ha de ser mi perdición!

Perturbar no quise tu alma,
ni la victoriosa palma
de tu ansiado amor ceñir;
a tu lado, en dulce calma,
soñé tan sólo vivir.

Pero tú no lo has querido:
con tus palabras de hiel
me arrojas; pierdo el sentido,
y el corazón malherido
sucumbe a la prueba cruel.

Iré, incierto caminante,
llevando a cuestas mi mal;
hasta que en tierra distante
pose la sien delirante
sobre la tumba glacial.

Cantar 6 de Heinrich Heine

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- 6 -

El esquife detén, rudo barquero;
aún vuela al puerto el alma acongojada;
de dos hermosas despedirme quiero;
de Europa y de mi amada.

Sangre brotan mis ojos escaldados,
sangre también mi corazón herido;
con sangre escribiré los prolongados
tormentos que he sufrido.

¡Ahora, cuando la sangre ves que vierto,
¿ahora tiemblas, mi bien, y palideces?
Tú, que convulso, agonizante, yerto,
me viste tantas veces!

¿La historia sabes del Edén perdido,
de Eva y la sierpe que a la estirpe humana
tentó con falso halago? ¡Siempre ha sido
don fatal la manzana!

¡Muerte en las manos de Eva cariñosas;
incendio, en las de París, de Ilión fuerte;
en las tuyas, mi amor, entrambas cosas:
incendio, y después, muerte!

Cantar 7 de Heinrich Heine

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- 7 -

Los montes y castillos de su orilla
copia el Rhin en sus móviles espejos,
y avanza jubilosa mi barquilla
que inunda el sol de luces y reflejos.

Contemplo los cristales brilladores
en blandas olas de oro convertidos,
y renacen de nuevo los dolores
dentro del corazón adormecidos.

Me halaga, me enamora y me seduce
el brillante raudal; mas no me engaña:
la tersa linfa, que falaz reluce,
sombra y muerte en su fondo sólo entraña.

¡Perfidia oculta y aparente halago!
Eres, oh Rhin, imagen de mi hermosa:
escondiendo, cual tú, su horrible estrago,
dulce también sonríe y cariñosa.

Cantar 8 de Heinrich Heine

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- 8 -

Al pronto, desesperado,
dije, al verme en tal estado:
soportarlo no podré.
Pero, al fin, lo he soportado:
el cómo, yo me lo sé.

Cantar 9 de Heinrich Heine

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- 9 -

En el vergel paterno
vivió lánguida vida
durante el crudo invierno
la flor descolorida.
Sopló el alegre Mayo
sus ráfagas de amor:
siguió en triste desmayo
la moribunda flor.

La flor descolorida
habló y me dijo así:
«Del vástago cogida
quisiera ser por ti.
-No atenderé tu ruego,
pues voy, loco de amor,
buscando sin sosiego
la purpurina flor».

-«La flor que de esa suerte
tú buscas, no hallarás;
tras ella hasta la muerte
desconsolado irás.
No cogerá tu mano
la purpurina flor:
lo mismo que yo, hermano,
enfermo estás de amor».

La flor descolorida
habló, temblando, así;
con mano conmovida
del tallo la cogí.
Calmó al instante el alma
su afán devorador,
y gozo en dulce calma
angelical amor.

Cantar 10 de Heinrich Heine

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- 10 -

Cual ataúd que mano lastimera
orna de rosas y hojas de ciprés,
aqueste libro engalanar quisiera,
y en él mis versos sepultar después,

¡Ojalá mis fantásticos amores
pudiese con mis versos sepultar!
En el sepulcro del amor las flores
del sosiego feliz suelen brotar.

Abriendo allí su cáliz, nos envían
sus aromas de mágica virtud:
¡para mí, sólo florecer podrían
ocupando yo mismo el ataúd!

¡Ved aquí mis cantares, encendidos
cual roja lava del Vesubio ayer,
que en el volcán del corazón fundidos,
fueron brillante ráfaga al nacer!

Mudos y tristes hoy, mustias sus galas,
yacen yertos, sin vida y sin calor;
mas revivir aún pueden, si sus alas
sobre ellos bate el genio del amor.

Aunque lejos estás, amada mía,
este libro a tus manos llegará;
y la pasión que lo dictaba un día,
melancólica en él renacerá.

Y perdiendo las letras su sentido,
te mirarán con plácida avidez;
y de olvidado amor blando gemido
suspirarán mis versos otra vez.

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