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miércoles, 22 de abril de 2009

Libro de los Cantares de Heinrich Heine

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Libro de los Cantares



Prólogo de la tercera edición

Este es el viejo bosque aún hechizado:
los tilos aromáticos florecen;
para endulzar mi corazón hastiado
los rayos de la luna resplandecen.

Penetró en él con indecisa planta;
oigo voz melodiosa en las alturas:
es el oculto ruiseñor que canta
amores y amorosas desventuras.

Canta con melancólica alegría
tristes goces, pesares halagüeños;
y es tan dulce su voz, que al alma mía
vuelve otra vez los olvidados sueños.

Sin detener el pie, sigo adelante;
y surge entre los árboles obscuros
un alcázar tan alto y arrogante
que al cielo tocan los audaces muros.

Cerradas todas las ventanas miro,
y silencio tan hondo en él se advierte,
que parece ese lúgubre retiro,
la mansión misteriosa de la Muerte.

A la puerta, una esfinge: forma horrible
y bella al par; amable y pavorosa:
el cuerpo y garras de león temible,
el busto y seno, de mujer hermosa.

El ansioso deseo centellea
en sus inquietos ojos penetrantes;
sus rojos labios, que el deleite arquea,
sonríen satisfechos y triunfantes.

Y entona el ruiseñor tan dulce trino
que ya el impulso resistir no puedo;
y al besar aquel rostro peregrino,
en la traidora red prendido quedo.

La Esfinge sepulcral se agita y mueve;
respira el duro mármol y solloza;
cual vampiro voraz, mis besos bebe,
y absorbiendo mi sangre, triunfa y goza.

Sedienta apura mi vital aliento,
y me abraza después de tal manera,
que en mis entrañas destrozadas siento
las implacables garras de la fiera.

¡Dolor que embriaga! ¡Dicha que sofoca!
¡Sin límites las penas y los goces!
¡Néctar del cielo en su incitante boca!
¡En su garra cruel ansias feroces!

Y canta el ruiseñor: «¡Hermosa Esfinge!
¡Oh soberano Amor! ¿Qué ley tirana
toda ventura que nos das restringe
y con mortal tribulación la hermana?»

Ese problema, que mi dicha trunca,
resuelve, Amor, causante de mis daños:
yo no he podido resolverlo nunca,
y estoy pensando en él millares de años.


Ensueños - 1 - de Heinrich Heine

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- 1 -

Soñé un tiempo feliz mirtos y rosas,
tiernos halagos y febril pasión,
dulces labios, palabras engañosas,
y cantares de notas temblorosas
llenos de melancólica emoción.

Disipáronse -¡ay Dios!- aquellos sueños
y la imagen triunfal, de ojos risueños,
que en ellos siempre, como reina, vi;
sólo quedan -¡recuerdos halagüeños!-
los que en mis rimas encerré y fundí.

Vosotras ¡oh mis huérfanas canciones!
como aquellas soñadas ilusiones,
disipaos también, raudas volad;
y a las que tanto amé, dulces visiones,
este suspiro abrasador llevad.

Ensueños - 2 - de Heinrich Heine

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- 2 -

Tuve un sueño -¡extraño sueño!-
aterrador y halagüeño,
pavoroso y dulce al par;
en desecharlo me empeño,
y aún me está haciendo temblar.

Era un jardín: más primores
en ninguno jamás vi;
sin afanes ni temores,
contemplaba yo las flores;
mirábanme ellas a mí.

Las aves, en dulce coro,
cantaban himnos de amor;
rojo sol, de rayos de oro,
daba con triunfal decoro
un matiz a cada flor.

Prestábale su ambrosía
al aire el fresco vergel;
todo brillaba y sonreía;
todo en él resplandecía,
todo enamoraba en él.

En taza de mármol bella
brotaba allí un manantial;
hermosísima doncella
lavaba afanosa en ella
un blanco y luengo cendal.

Llena su mirada amante
de luz estaba y candor;
trenzas de oro su semblante
coronaban, semejante
al de un ángel del Señor.

La contemplaba y crecía
la grata ilusión en mí;
con interior alegría
reconocerla quería,
aun cuando nunca la vi.

Cantaba con voz doliente,
con acento angelical:
«Lava, lava, clara fuente,
lava, límpida corriente,
lava este blanco cendal.»

Acerquéme. conmovido,
y con ansioso interés,
le dije, casi al oído:
-«Ese lienzo, ángel querido,
¿me dirás para quién es?»

-«Prepara el ánimo fuerte:
lo que estoy lavando yo,
es tu sudario de muerte.»
Y cuando habló de esta suerte,
al punto despareció.

Por arte de hechicería
halléme en selva sombría
de arboleda secular;
asombrado, no sabia
ni qué hacer, ni qué pensar.

Escuché lejanos ecos,
como golpes de hacha secos;
rompiendo breñas corrí,
y de la selva en los huecos
un claro espacioso vi.

Encina altiva y pomposa
alzábase en medio de él;
y allí mi virgen hermosa
aquella encina frondosa
hería con hacha cruel.

La hería con vivo empeño,
cantando extraño cantar:
-«Hacha de brillo risueño,
hiere, hiere el duro leño;
él las tablas me ha de dar.»

Acerquéme sorprendido,
y con secreta emoción
le dije casi al oído:
«Las tablas, ángel querido,
¿me dirás para quién son?»

-«Aproximase la hora:
tu propio féretro ves».
Tal, con voz aterradora,
contestó la encantadora;
y desapareció después.

Llanura desierta y fría,
sin límites se extendía:
al verme en aquel lugar,
asombrado, no sabía
ni qué hacer, ni qué pensar.

Caminando a la ventura,
Una imagen distinguí
de inmaculada blancura;
la doncella hermosa y pura
estaba también allí.

Afanosa hería el suelo
con un pico brillador;
la miré con vivo anhelo,
y me dio grato consuelo
y a la vez vago estupor.

Heria el suelo afanosa,
cantando extraño cantar:
-«Cava, buen pico, una fosa;
cava una fosa espaciosa,
cava, cava sin cesar.»

Acerquéme estremecido,
y con creciente interés
le dije, casi al oído.
-«Esa fosa, ángel querido,
¿me dirás para quién es?»

Contestóme breve y presto:
-«Está ya todo dispuesto:
esta fosa es para ti».
Y a mis pies, al decir esto,
abierta la fosa vi.

Miré al fondo, y vi la fría
obscuridad con pavor;
me asustaba y me atraía,
y cuando en ella caía,
desperté lleno de horror.

Ensueños - 3 - de Heinrich Heine

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- 3 -

Vime en sueños a mí mismo,
ceremonioso y formal,
todo vestido de gala,
guante blanco y negro frac.
Encontrábame delante
de mi adorada beldad,
y haciéndole reverencia,
díjele afable y galán:
-«Si sois vos, señora mía,
la hermosa que va al altar,
si sois vos, señora mía,
mis plácemes aceptad».
Sentí, cuando así le hablaba,
escalofrío glacial;
se me anudó la garganta,
y no pude decir más,
Rompió la hermosa de pronto,
rompió de pronto a llorar,
y sus lágrimas borraron
su imagen angelical.
¡Ojos claros y serenos,
astros de amor y de paz,
mil veces en gratos sueños
me habéis engañado ya;
mil veces también, despierto,
me volvisteis a engañar,
y a pesar de tanto engaño,
por mi bien o por mi mal,
he de dar crédito a todo,
a todo cuanto queráis!

Ensueños - 4 - de Heinrich Heine

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- 4 -

Vi en sueños un hombrecillo
chiquitín y petulante,
que alargando bien las zancas,
andaba estirado y grave;
muy planchada la pechera,
muy acicalado el traje,
Por dentro, tosco y grosero,
insolente y miserable;
por fuera, trazas ilustres,
ribetes de personaje;
en dichos, un Alejandro;
en hechos, un badulaque.
-«¿Quién es, me preguntas? Mira
y te lo pondré delante».
Así el Dios de los Ensueños
me dijo y en los cristales
de un espejo, vi moverse
tropel de extrañas imágenes.
Estaba el buen hombrecillo
al pie del altar; mi amante
también; al sí que él decía,
con otro sí contestábale;
y gritaban con gran bulla
todos los demonios: ¡Amen!

Ensueños - 5 - de Heinrich Heine

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- 5 -

¿Qué inesperada fiebre me devora?
¿Qué ponzoñosa indignación me inflama?
Hierve en mis venas sangre abrasadora;
arde en mi pecho repentina llama.

Un sueño -¡triste augurio del destino!-
mi pobre corazón hizo pedazos:
el hijo infausto de la Noche vino
y palpitante me llevó en sus brazos.

Transportóme en sus brazos voladores
a una mansión magnífica y brillante;
todo eran luces, músicas y flores:
abierto un salón vi; pasé adelante.

Allí, nupcial festín: mesa fastuosa
estaba ya servida y bien poblada.
A los novios miré: la nueva esposa
-¡qué sorpresa, gran Dios! -¡era mi amada!

Era mi amada, como siempre, bella:
y era un desconocido el nuevo esposo.
acerquéme temblando, y detrás de ella
aguardé conmovido y silencioso.

La música sonaba, y de amargura
llenaba, aún más, mi corazón herido:
ella estaba radiante de ventura;
él su mano estrechaba embebecido.

Y llenando la copa transparente,
la probaba, y después se la ofrecía:
ella, al labio llevábala sonriente
y era mi sangre ¡ay Dios! lo que bebía.

Una manzana de purpúreo brillo,
ella, amorosa, entonces le brindaba;
hincaba él en la fruta su cuchillo;
¡y era en mi corazón donde lo hincaba!

Mirábala después con embeleso,
tendía a su cintura el brazo fuerte,
besábala por fin, ¡y el glacial beso
sentía yo de la aterida Muerte!

Hablar quería, pero el labio mío
mudo estaba al reproche y a la queja;
la música rompió con mayor brío;
lanzóse al baile la feliz pareja.

Giró en torno de mí vertiginosa
la multitud gentil y alborozada;
el esposo, en voz baja, habló a la esposa,
que encendida le oyó, más no enojada.

Y huyendo la enfadosa compañía,
salieron del salón con pie furtivo;
yo les quise seguir, y no podía:
estaba medio muerto y medio vivo.

Junté las fuerzas que el dolor nos roba,
y por palpar mi desventura cierta
llegué arrastrando a la nupcial alcoba,
y dos viejas horribles vi a la puerta.

Era una la Locura, otra la Muerte,
espectros al umbral acurrucados,
que un dedo seco, tembloroso, inerte,
posaban en los labios descarnados.

Horror, espanto y duelo, todo junto,
lanzó en un grito el alma desgarrada;
después, eché a reír, y en aquel punto
me despertó mi propia carcajada.

Ensueños - 6 - de Heinrich Heine

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- 6 -

En noche muda y sombría,
cuando yo dulce dormía,
a mi tranquilo aposento
vino la adorada mía
por arte de encantamiento.

Contemplábala extasiado;
con igual placer y agrado
contemplábame ella a mí;
abrió al fin el labio osado
y de pronto dijo así:

-«Tuya soy: desde este instante
me entrego a ti sin reproche;
seré tu dócil amante
desque suene media noche
hasta cuando el gallo cante.»

Llenóme de asombro aquella
súbita proposición:
la hermosísima doncella
prosiguió, amorosa y bella:
-«Por mi amor, tu salvación.»

-«De mi voluntad rendida
dispón, oh prenda querida,
y gózate en la victoria;
te doy mi sangre y mi vida;
mas no el reino de la gloria.»

Oyó la gentil doncella
mi firme contestación;
y más amante y más bella,
volvió a su extraña querella:
-«Por mi amor, tu salvación.»

Siniestra y lúgubremente
su voz para mí sonaba;
un volcán era mi frente,
la angustia me sofocaba
y me faltaba el ambiente.

Entonces vi aparecer
serafines y querubes
ceñidos de rosicler;
y entre borrascosas nubes
ministros de Lucifer.

Luchaban éstos, armados
contra la grey celestial,
y por ella rechazados,
huían por todos lados
los negros genios del mal.

Yo, en tanto, a la amada mía
contra mi pecho oprimía
cual cervatilla amorosa;
y ella en mis brazos gemía,
tan bella cual quejumbrosa.

Gemía, y yo penetraba
la causa de su dolor;
sus dulces labios besaba,
y al fin, rendido, exclamaba:
-«Ya es tuyo todo mi amor».

Tal dije, con loco anhelo;
y en aquel momento mismo,
sentí mi sangre hecha un hielo;
tembló a mis plantas el suelo;
se abrió delante un abismo.

Por ese abismo surgía
la legión triste y sombría;
pálida a mi hermosa vi,
y aunque ansioso la oprimía;
disipóse y la perdí.

Y giraba alrededor
el tropel aterrador,
cada vez menos distante;
y lanzaba mofador
su carcajada insultante.

Y estrechando más y más
los hijos de Satanás
su cadena de vestigios,
gritaban: -«Nuestro serás
por los siglos de los siglos.»

Ensueños - 7 - de Heinrich Heine

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- 7 -

Cobrada tienes la paga,
¿por qué tardar, seor Demonio?
Sentado en mi triste cuarto,
aguardo inquieto y ansioso:
a sonar va media noche;
falta la novia tan sólo.

Ráfagas del Camposanto,
leves y callados soplos,
¿habéis visto a mi adorada?
Tal digo, y surgen de pronto
descoloridos fantasmas,
que envolviéndome en su corro,
-«La hemos visto, la hemos visto»-
exclaman a un tiempo todos.
Tú, el de la roja librea,
¿qué embajada traes, buen mozo?
-«Anuncia Su Señoría
que vendrá dentro de poco:
por los aires va su coche;
dos dragones son su tronco».
Tú, peliblanco vejete,
¿qué quieres? ¿Con qué propósitos
vienes, mi difunto dómine,
tan lúgubre y melancólico?
¿Por qué mudo me contemplas
y levantando los hombros,
te vas? Y tú, ¿por qué chillas,
velludo y horrible mono?
¿Por qué así, negro gatazo,
chisporrotean tus ojos?
¿Por qué, brujas desgreñadas,
alborotáis de ese modo?
¿Por qué de nuevo repites
con canturreo monótono
¡oh locuaz ama de leche!
tus cuentos burdos y tontos?
Vete a casa, ama de leche;
los romances y coloquios
no son, vieja charlatana,
de las circunstancias propios:
hoy mis bodas solemnizo;
y engalanados y orondos
vienen ya los convidados
a honrar el fausto consorcio.
¡Salud, caballeros! ¡Eso
es cortesía y buen tono!
La cabeza por sombrero
lleváis en la mano todos.
¡Chusma de piernas colgantes!
¡Racimos de horca gloriosos!
¿Por qué, si el viento ha cesado,
venís tan tardos y zompos?
También, montada en la escoba,
has venido, vejestorio;
tu hijo soy yo, Marizápalo,
y tu bendición imploro.
Abriendo las secas fauces
en el carcomido rostro,
gruñe la pícara bruja:
-«Per secula seculorum!»
Dando tumbos vienen luego
doce músicos indómitos,
incansables rascatripas,
regocijo de los sordos;
vestido de colorines,
va el payaso, haciendo el bobo;
y el sepulturero inquieto
corre de un lugar a otro.
Van detrás doce beatas
bailando con doce acólitos;
lleva el compás Celestina,
y entonan a voz en coro,
con música de salmodia
cantares escandalosos.
Calla tú, ropavejero,
¡no te desgarres los bronquios!
Guarda ese ropón de pieles;
pues, aquí, en el Purgatorio,
fuego tenernos de balde,
en cuyo ardiente rescoldo
huesos de rey y mendigo
calientan del mismo modo.
Gibosas y patizambas
son las floristas: ¡qué monstruos!
Y vienen cabeza abajo,
dando vueltas en redondo.
¡Pasad, caras de mochuelo!
¡Basta de zambra y holgorio!
¡Descanso dad a los huesos,
que crujen secos; y rotos!
El infierno está de huelga;
sueltos andan los demonios;
la música de los réprobos
toca el rigodón diabólico.
¡Calla, tropa alborotada,
que ya viene el bien que adoro!
¡Lárgate, canalla! Apenas
mis propias palabras oigo.
¿No escucháis el traqueteo
de un coche que pasa próximo?
¿En dónde estás, cocinera?
Corre y abre el portal pronto.
¡Bienvenida, hermosa mía!
¿Cómo estás, dulce tesoro?
También vino el celebrante:
sentaos, señor canónigo,
el de la pata de cabra,
el de las barbas de choto;
vuestra mano humilde beso
y a vuestras plantas me postro.
¿Por qué tan pálida y muda,
mi amor? Está el desposorio
dispuesto; caro me cuesta,
pago bien los vidrios rotos;
pero, porque seas mía,
-ya lo ves- me avengo a todo.
Arrodíllate a mi lado.
¡Oh momento venturoso!
En mi seno palpitante
busca tu cabeza apoyo;
y en mis brazos convulsivos
te estrecho anhelante y loco.
juntos nuestros corazones.
palpitan, ebrios de gozo,
y suben al quinto cielo
nuestros audaces propósitos.
Bogan en mar de venturas
nuestras almas, y hasta el trono
llegan de Dios, cuando súbito,
cual nubarrón espantoso,
su negra mano el Infierno
extiende sobre nosotros.
El hijo triste y sombrío
de la Noche, el matrimonio
bendice; en libro de fuego
el formulario estrambótico
deletrea; sus plegarias
son blasfemias, y a sus votos
los condenados responden
con infernal alborozo.
Silban, graznan, gritan, rugen
con tal fuerza y de tal modo
que atrás dejan huracanes
borrascas y terremotos.
Tenue vislumbre azulada
rasga el horizonte lóbrego,
y Marizápalos gruñe:
«Per secula secolurum».

Ensueños - 8 - de Heinrich Heine

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- 8 -

De la casa yo volvía
donde tengo mis amores,
vagando entre las fantásticas
sombras de la media noche.
Pasé junto al Camposanto;
miré adentro, y parecióme
que las tumbas, entreabiertas,
me llamaban sin dar voces.
Acerquéme hacia el sepulcro
del juglar, en cuyos bordes
quebraba incierta la luna
sus pálidos resplandores.
Un espectro vaporoso
surgió a mis ojos entonces,
y me dijo: «¡Bienvenido,
hermano! Acércate y oye».
Era el juglar en persona:
sobre el sepulcro sentóse:
pulsé con diestra convulsa
vihuela de ásperos sones
y así comenzó sus trovas,
con voz agria y desacorde.

«Cítara, ¿la canción ya no recuerdas
que hizo vibrar tus palpitantes cuerdas
y encendió el alma en fuego abrasador?
La llama el ángel beatitud celeste;
suplicio eterno, la precita hueste;
La humanidad, ¡amor!»

Todas las tumbas se abrieron
al pronunciar este nombre;
alzáronse mil espectros;
acercáronse veloces,
y cantaron, dando vueltas,
en espantoso desorden.

«Tú los ojos nos cerraste;
tú a la huesa nos echaste,
¡amor, implacable amor!
¿Por qué, ni en la noche obscura
de la misma sepultura,
nos dejas en paz, traidor?»

Así gruñían y aullaban,
dando alaridos feroces;
y el Juglar, en medio de ellos,
sentado en la tumba, inmóvil,
arañaba la vihuela
con extrañas contorsiones.

«¡Qué baraúnda! ¡Qué ruido!
¡Qué tropel! ¡Qué confusión!
Gentes sin ley ni sentido,
bien habéis obedecido
mi mágica evocación.
Cual marmota en su guarida,
en la tumba aborrecida
yacemos sin respirar;
hoy recobramos la vida;
¡a reír, pues, y a gozar!
Fueron nuestro afán las bellas,
y corrimos tras sus huellas
on rabioso frenesí:
venid; hablaremos de ellas:
no nos oye nadie aquí.
Cada cual su historia cuente;
cada cual su mal lamente,
y refiera sin temor
cuándo y cómo le hincó el diente
la jauría del amor».

Una escuálida estantigua
salió del tropel indócil:
avanzó unos cuantos pasos;
y dijo así con voz torpe.

«Aprendiz era de sastre;
siempre dale que le das,
con el dedal y la aguja,
con la aguja y el dedal.
Hábil era cual ninguno
en zurcir y en remendar,
con el dedal y la aguja,
con la aguja y el dedal.
La sobrina del maestro
me pareció una deidad,
con el dedal y la aguja,
con la aguja y el dedal.
El corazón traspasóme
y aquí he venido a parar,
con el dedal y la aguja,
con la aguja y el dedal».

Con tremendas carcajadas
acogieron sus razones:
con paso grave y solemne
otro espectro adelantóse.

«El bandido generoso
era mi noble ideal;
de su gloria estaba ansioso:
turbaba, a más, mi reposo
una mujer celestial.
Lloré su arrogancia austera,
y turbada la razón,
mi mano -¿quién lo dijera?-
hundióse en la faltriquera
de un vecino ricachón.
Un sayón de bajo vuelo
atrapóme, sin pensar
que quise en mi desconsuelo,
los lloros con el pañuelo
de mi vecino enjugar.
¡No fue ligero el bromazo!
doblar me hizo el espinazo,
y en la casa negra di,
que abrió el maternal regazo
benéfica para mí.
Áspero cordel tejiendo,
allí me fui consumiendo,
pensando siempre en mi amor:
tomé un berrinche tremendo,
y reventé a lo mejor».

Con tremendas carcajadas
acogieron sus razones:
muy pintado y relamido
salió otro fantasma entonces.

«Yo fui rey de las tablas: cifré todo mi anhelo
en los papeles tiernos de amante y de galán:
los bofes arrojaba, gritando: '¡Santo Cielo!'
y suspiraba flébil después: '¡Mi dulce imán!'
Era María Stuardo mi amor: ¡oh, cuán hermosa
brilló siempre a mis ojos! Constante Mortimer,
la devoré sediento con mi pupila ansiosa;
mas ella jamás quiso mis guiños comprender.
Un día, medio loco, grité con voz ahogada:
'¡María! ¡Oh santa! ¡Oh mártir! Contigo también voy'.
Saqué el puñal del cinto; me di la puñalada;
se me escapó la mano convulsa, y aquí estoy!»

Con tremendas carcajadas
acogieron sus razones:
un estudiante afligido
vino después dando voces.

«En su sitial peroraba
el tétrico profesor;
a su lado yo, en un banco,
dormía como un lirón,
soñando siempre con su hija,
que era más bella que el sol.
Mil veces en su ventana
cariñosa me miró:
¡Hermosa flor de las flores!
¡Prenda de mi corazón!
Un majadero muy rico
cogió aquella hermosa flor.
Invoqué a todos los dioses
contra la infiel y el traidor;
eché solimán al vino;
mis ruegos la muerte oyó;
y cual buenos camaradas
nos abrazamos los dos».

Con tremendas carcajadas
acogieron sus razones:
y salió al frente otro espectro
arrastrando soga innoble.

«De dos cosas se alababa
el conde cuando bebía:
de las joyas que guardaba
y de la hija que tenía.
Tus joyas guarda y esconde;
no te las roben jamás:
la hija que tienes, buen conde,
es lo que me gusta más.
Bajo llaves y cerrojos
guardaba sus dos amores;
iban siempre con cien ojos
rondando sus servidores.
Pero, cerrojos y llaves,
¿qué me importaban a mí?
La escala de cuerdas suaves
arrojé al muro, y subí.
Penetré por la ventana
de la hermosa prenda mía;
y escuché al punto cercana
una voz que así rugía:
'¿Te faltan acompañantes?
Conmigo, infame, vas bien:
si te gustan los diamantes,
a mí me gustan también.'
Era el conde, y al momento
puso en mi sus toscas manos
el enjambre turbulento
de esbirros y de villanos.
'Nadie me toque ni ofenda:
no soy cobarde ladrón;
sólo he robado una prenda,
es un tierno corazón.'
Nadie mis explicaciones
escucha, ni por mí aboga;
ya sus bárbaros sayones
échanme al cuello la soga.
Y al asomar por Oriente
el astro matutinal,
mi cadáver vio pendiente
del travesaño fatal».

Con tremendas carcajadas
acogieron sus razones:
con la cabeza en las manos,
otra sombra presentóse.

«Bajo el brazo la escopeta,
y el alma de amor, repleta,
a cazar al monte fui;
¡Qué graznidos en la umbría!
Era el cuervo que decía:
'¡Ay desdichado de ti!'
Buscaba de loma en loma
una cándida paloma
para obsequiar a mi amor;
y en los troncos y en las ramas,
y en jarales y en retamas
clavaba el ojo avizor.
Oí suspiros distantes:
'Serán tórtolas amantes'
pensé, y en su busca fui.
Al llegar a un bosquecillo,
miré y preparé el gatillo:
¡cielos santos, lo que vi!
Era la tórtola mía
y en sus brazos la oprimía
un doncel con tierno afán.
'¡Ojo cazador certero!'
sonó el tiro justiciero;
rodó por tierra el galán.
Entre esbirros inhumanos,
agarrotadas las manos,
pasé después por allí:
¡qué graznidos en la umbría!
Era el cuervo que decía:
'¡Ay desdichado de ti!'»

Con tremendas carcajadas
acogieron sus razones:
y el juglar con esta copla
dio al concierto fin y postre:

«Hechicera canción cantaba un día;
la hechicera canción acabó ya:
helóse el corazón que ella encendía,
y cuando el nido maternal se enfría,
el pájaro se va».

Sonaron las carcajadas
más fuertes y más feroces;
dieron vueltas y más vueltas
fantasmas y fantasmones;
tocó la campana la una
en el reloj de la torre;
y cada espectro en su huesa
aullando precipitóse.

Ensueños - 9 - de Heinrich Heine

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- 9 -

Dulce y tranquilo dormía,
sin zozobras y sin ansias,
y en sueños vi una doncella
de hermosura sobrehumana.
Era hechicero su rostro;
su tez como el mármol blanca;
luminosas sus pupilas;
luenga su crencha y rizada.
A mí vino blandamente,
cual vaporoso fantasma,
y en mi pecho reclinóse
la virgen hermosa y pálida.
Como late conmovido
por temores esperanzas,
a su contacto latía
mi corazón, hecho un ascua.
El corazón de la hermosa
no ardía ni palpitaba:
era de nieve su pecho,
y de hielo sus entrañas.
-«Mi corazón no palpita,
mi sangre está congelada;
mas también conozco y siento
de amor la celeste llama.
No arde la vida en mis venas,
ni mis mejillas inflama;
pero como dulce amiga
vengo a ti: no temas nada».
Dijo, y me estrechó en sus brazos
con tal brío y fuerza tanta,
que en ellos aprisionado
me oprimía y sofocaba.
Cantó el gallo en aquel punto,
vigía de la mañana,
y desapareció al oírlo
la virgen hermosa y pálida.

Ensueños - 10 - de Heinrich Heine

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- 10 -

Muchos cadáveres yertos,
todos a mi voz despiertos,
saqué de la sepultura;
y hoy no quieren esos muertos
volver a la noche obscura.

Me hizo olvidar el terror
las provechosas lecciones
del experto profesor,
y me asedia espantador
ejército de visiones.

¡Déjame, turba sombría!
¡No me acoses sin cesar!
El placer y la alegría,
a la clara luz del día
aún puedo en el mundo hallar.

Lucharé con insistencia
hasta respirar la esencia
de la ambicionada flor;
¿qué me importa la existencia,
si ha de faltarme el amor?

En mis brazos estrecharla
una vez, sólo una vez!
¡Ceñirla y acariciarla,
y apasionado besarla
con amorosa embriaguez!

¡Oír el sí palpitante
de su labio celestial!
Eso, espectros, es bastante
consígalo, y al instante
os sigo al antro infernal.

Lo sabe la grey impía,
y me llama noche y día
con gestos de Belcebú:
¡Oh dulce enemiga mía!
no me importa: ¿me amas tú?

Cantar 1 de Heinrich Heine

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- 1 -

Todos los días digo al levantarme:
¿Vendrá mi dulce bien?
Todas las noches digo al acostarme:
engañóme hoy también.

Paso insomne la noche, en el quebranto
de mi tenaz dolor;
paso el día dormido, en el encanto
de un sueño burlador.

Cantar 2 de Heinrich Heine

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- 2 -

En la quietud de la noche
mi mal a solas lamento,
de la vana muchedumbre
los regocijos huyendo.
A solas corren mis lágrimas,
corren sin tregua ni término;
enjugarlas no consigo
con mis suspiros de fuego.
Un día, niño inocente,
cifré mi dicha en los juegos;
gozaba el don de la vida
sin saber lo que son duelos.
Jardín alegre era el mundo
de lozanas flores lleno;
rosas, lirios y violetas
mis únicos pasatiempos.
Soñando en verde floresta
vi juguetón arroyuelo;
miréme en sus claras linfas;
estaba pálido y tétrico.
Estaba tétrico y pálido
desque mis ojos la vieron:
trocóse en pena mi júbilo
sin sentirlo ni saberlo.
De los cielos descendida,
dulce paz llenó mi pecho;
de los cielos descendida,
huyó otra vez a los cielos.
Tinieblas llenan mis ojos,
sombras me van persiguiendo;
escucho sobresaltado
dentro de mí extraño acento.
Acométenme furiosos
ignotos padecimientos,
y mis entrañas quemando,
me consume extraño incendio.
Y esta hoguera que me abrasa,
y este dolor, del que muero,
amor, amor soberano,
míralo bien, ¡tú lo has hecho!

Cantar 3 de Heinrich Heine

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- 3 -

Sobre mi pecho pon tu manecita ;
lo sentirás latir con inquietud:
un traidor carpintero en él habita,
y está claveteando mi ataúd.
Golpea sin descanso el día entero,
y mi sueño robó su golpear:
acaba pronto, infame carpintero,
y déjame morir y descansar.

Cantar 4 de Heinrich Heine

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- 4 -

Cada cual con su pareja
pasea bajo los tilos;
yo, abandonado de todos,
solo voy conmigo mismo.
El corazón me da un vuelco
cuando esas parejas miro:
pareja también yo tengo;
pero lejos de estos sitios.
Mucho tiempo estoy sufriendo
y más tiempo, no resisto:
cierro la breve maleta;
tomo el bastón de camino.
Andaré leguas y leguas,
y a la boca de un gran río
la ciudad veré que encumbra
tres torres por obeliscos.
Allí serán mis angustias
trocadas en regocijos,
y mi dulce parejita
llevaré bajo los tilos.

Cantar 5 de Heinrich Heine

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- 5 -

Cuna de mi pena ansiosa,
sepulcro donde reposa
mi tranquilo bienestar,
ciudad querida y hermosa,
¡adiós! te voy a dejar.

¡Adiós, umbral consagrado
por la huella de su pie!
¡Adiós, sitio afortunado,
donde primero, extasiado,
su hermosura contemplé!

¡Ojalá nunca te viera,
reina de mi corazón!
No, atribulado, sufriera
esta suerte lastimera
que ha de ser mi perdición!

Perturbar no quise tu alma,
ni la victoriosa palma
de tu ansiado amor ceñir;
a tu lado, en dulce calma,
soñé tan sólo vivir.

Pero tú no lo has querido:
con tus palabras de hiel
me arrojas; pierdo el sentido,
y el corazón malherido
sucumbe a la prueba cruel.

Iré, incierto caminante,
llevando a cuestas mi mal;
hasta que en tierra distante
pose la sien delirante
sobre la tumba glacial.

Cantar 6 de Heinrich Heine

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- 6 -

El esquife detén, rudo barquero;
aún vuela al puerto el alma acongojada;
de dos hermosas despedirme quiero;
de Europa y de mi amada.

Sangre brotan mis ojos escaldados,
sangre también mi corazón herido;
con sangre escribiré los prolongados
tormentos que he sufrido.

¡Ahora, cuando la sangre ves que vierto,
¿ahora tiemblas, mi bien, y palideces?
Tú, que convulso, agonizante, yerto,
me viste tantas veces!

¿La historia sabes del Edén perdido,
de Eva y la sierpe que a la estirpe humana
tentó con falso halago? ¡Siempre ha sido
don fatal la manzana!

¡Muerte en las manos de Eva cariñosas;
incendio, en las de París, de Ilión fuerte;
en las tuyas, mi amor, entrambas cosas:
incendio, y después, muerte!

Cantar 7 de Heinrich Heine

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- 7 -

Los montes y castillos de su orilla
copia el Rhin en sus móviles espejos,
y avanza jubilosa mi barquilla
que inunda el sol de luces y reflejos.

Contemplo los cristales brilladores
en blandas olas de oro convertidos,
y renacen de nuevo los dolores
dentro del corazón adormecidos.

Me halaga, me enamora y me seduce
el brillante raudal; mas no me engaña:
la tersa linfa, que falaz reluce,
sombra y muerte en su fondo sólo entraña.

¡Perfidia oculta y aparente halago!
Eres, oh Rhin, imagen de mi hermosa:
escondiendo, cual tú, su horrible estrago,
dulce también sonríe y cariñosa.

Cantar 8 de Heinrich Heine

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- 8 -

Al pronto, desesperado,
dije, al verme en tal estado:
soportarlo no podré.
Pero, al fin, lo he soportado:
el cómo, yo me lo sé.

Cantar 9 de Heinrich Heine

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- 9 -

En el vergel paterno
vivió lánguida vida
durante el crudo invierno
la flor descolorida.
Sopló el alegre Mayo
sus ráfagas de amor:
siguió en triste desmayo
la moribunda flor.

La flor descolorida
habló y me dijo así:
«Del vástago cogida
quisiera ser por ti.
-No atenderé tu ruego,
pues voy, loco de amor,
buscando sin sosiego
la purpurina flor».

-«La flor que de esa suerte
tú buscas, no hallarás;
tras ella hasta la muerte
desconsolado irás.
No cogerá tu mano
la purpurina flor:
lo mismo que yo, hermano,
enfermo estás de amor».

La flor descolorida
habló, temblando, así;
con mano conmovida
del tallo la cogí.
Calmó al instante el alma
su afán devorador,
y gozo en dulce calma
angelical amor.

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