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martes, 21 de abril de 2009

Poema: El caballero Olao de Heinrich Heine

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El caballero Olao

I
Dos hombres hay ante la iglesia, y visten
los dos traje purpúreo.
Es uno de ellos el monarca; el otro...
el otro es el verdugo.

Dice al verdugo el rey: -«Ya las postreras
oraciones escucho;
están cumplidos los nupciales ritos:
el hacha ten a punto».

Suena el órgano, suenan las campanas;
sale el pueblo en tumulto;
y salen entre el séquito brillante
los esposos en triunfo.

Pálida, cual la muerte, va la hermosa
hija del rey adusto;
el bravo Olao, impávido y sereno,
con sonrisa de júbilo.

Con sonrisa de júbilo le dice
al rey: -«Yo te saludo,
suegro y señor; aguarda mi cabeza
el hacha del verdugo.

»He de morir; pero hasta media noche
no sea, y como es justo,
a la boda banquetes y cantares
y danzas den tributo.

»Permitidme vivir hasta que apure
mi labio moribundo
la última copa; hasta que alegre marque
el baile el compás último».

-«Sea como lo pide el noble yerno»
dice el rey, y al verdugo,
-«Viva hasta media noche», y luego añade:
-«el hacha ten a punto».

II
Olao, con regio banquete
sus tristes bodas celebra,
y apura de un solo sorbo
la fatal copa postrera.
En los hombros del mancebo
dobla la hermosa cabeza
la hija del rey sollozando...
y está el verdugo a la puerta.
Nuncia música festiva
que ya las danzas comienzan,
y Olao el talle flexible
de su desposada estrecha.
En rápido remolino,
trazando círculos vuelan,
y es el círculo postrero...
y está el verdugo a la puerta.
¡Cómo suspiran las flautas!
¡cuál sollozan las vihuelas!
¡Todos asombrados miran
la hermosísima pareja;
asombrados miran todos,
y el corazón se les vuelca.
Van bailando, van bailando...
y está el verdugo a la puerta.
Como un ascua resplandece
la sala del baile espléndida,
y así en voz baja le dice
Olao a su compañera
-«¡Cuánto te quiero, alma mía!
¡si comprenderlo pudieras!
¡Cuán frío estará el sepulcro!!!»
Y está el verdugo a la puerta.

III
Olao, tu vida concluye,
ha sonado media noche;
sedujiste a una princesa
con tus livianos amores.
Ya van cantando los prestes
las últimas oraciones;
ya el verdugo junto al tajo,
se apoya en el hacha inmóvil.
Ya desciende el caballero
hacia el ancho patio donde
brillan espadas y antorchas
con siniestros resplandores.
Y aún la sonrisa a su rostro
da triunfales arreboles,
y aún extasiado y radiante,
va diciendo estas razones:
-«Bendigo, al sol y a la luna
y a las estrellas menores,
al luminar de los días
y a los astros de la noche.
»Bendigo a las avecillas
que al aire dan sus canciones,
bendigo al mar y a la tierra,
a los campos y a las flores.
» Bendigo a las azuladas
violetas que allá en el bosque
copian de sus ojos claros
los matices y fulgores.
»Bendigo esos ojos claros,
tumba de mis ilusiones,
y el árbol a cuya sombra
gocé, oh bella, tus favores».

Poema: Godofredo Rudel y Melisenda de Trípoli de Heinrich Heine

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Godofredo Rudel y Melisenda de Trípoli

¡Oh castillo de Bley! Tus aposentos
aún con flotantes pliegues cubren hoy
viejos tapices, que con diestra mano
la condesa de Trípoli bordó.
Los bordó con la aguja y con el alma,
bañándolos en lágrimas de amor;
de las escenas de su propia vida
traslado exacto las figuras son.
Moribundo, en la playa, la condesa
halla a Rudel, el bello trovador,
y al punto mira en él estremecida
al ideal amante que soñó.
Rudel mira anhelante a la condesa,
y como celestial aparición,
por vez primera y última contempla
la imagen fiel de su soñado amor.
Ella se inclina sobre el yerto joven
y lo estrecha con trémula emoción,
besando, mudo y lívido, aquel labio
que dijo tantas trovas en su honor.
Y ese beso feliz de bienvenida
será a la vez el ósculo de adiós,
y apuran juntos en el mismo cáliz
el mayor goce y el mayor dolor.

¡Oh castillo de Bley! todas las noches
se oye en tus aposentos vago són,
y en los viejos tapices las figuras
vida recobran, movimiento y voz.
Los fantásticos miembros sacudiendo,
saltan del muro dama y trovador;
y por las anchas salas van y vienen,
y vuelven a pasar juntos los dos.
¡Dulces suspiros!¡inocentes juegos!
¡tiernos secretos de infeliz pasión!
¡galanterías de los dulces tiempos
del gay-saber, desconocidas hoy!
-«¡Godofredo! a tu acento cariñoso
se despierta mi muerto corazón;
de sus frías cenizas una chispa
brota del fuego aquel que me abrasó».
-«¡Melisenda! mirándome en tus ojos
vida y sentido recobrando voy;
sólo en mí ser murieron para siempre
humano afán y terrenal dolor».
-«¡Godofredo! primero nos quisimos
en sueños de dulcísima ilusión;
hoy en la fría muerte nos amamos:
¡portento es este del flechero dios!»
-«¡Melisenda! ¡Mi bien! ¿Qué son los sueños?
¿Qué es la muerte? Palabras sin valor.
amor sólo es verdad, y eternamente
me has de amar tú y he de adorarte yo».
-«¡Godofredo! ¡Cuán dulce y deleitoso
es de la luna el tibio resplandor!
Bien estamos aquí; nunca salgamos
a la importuna claridad del sol».
-«¡Melisenda! ¡tú eres, prenda mía,
sol, claridad y ráfaga y fulgor!
Donde estás allí están la primavera
y la luz, y la dicha y la ilusión!»

Así diciendo, las gentiles sombras,
de sala en sala van, juntas las dos,
y a través de la gótica ventana
la luna acecha su vagar veloz.
Hasta que al fin las viejas galerías
inunda y dora el matutino albor,
y en los tapices de flotantes pliegues
escóndese la doble aparición.

Poema: El rey Haraldo de Heinrich Heine

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El rey Haraldo

En brazos de fada hermosa
yace el noble rey Haraldo;
en el fondo del mar yace,
y los días van pasando.
Ni vivir ni morir puede,
tal la fada lo ha hechizado;
y en ese dulce martirio
lleva ya doscientos años.
La cabeza el rey descansa
sobre el seductor regazo,
y los bellos ojos mira,
sin acabar de mirarlos.
Plata son ya sus cabellos,
su cuerpo está enfermo y flaco;
los pómulos amarillos
saltan de su rostro escuálido.
A veces turban sus sueños
estremecimientos vagos,
cuando bate la borrasca
su cristalino palacio.
A veces oye, allá arriba,
gritos de guerra normandos
y alza los brazos de pronto,
para volver a bajarlos.
A veces mira a lo lejos
marinos que van cantando;
lo que cantan los marinos
glorias son del rey Haraldo.
Y entonces profundo gime,
y la hechicera, al notarlo,
se inclina, y risueña estampa
beso de fuego en sus labios.

Poema: Un azraíta de Heinrich Heine

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Un azraíta

Al jardín todas las tardes,
cuando quiere anochecer,
la hija del sultán hermosa
baja y pasea por él.
Junto a la fuente sonora
detiene el paso tal vez
y los limpios surtidores
ve saltar y oye caer.
Al jardín todas las tardes,
cuando quiere anochecer,
viene el esclavo gallardo,
e impasible se le ve
junto a la fuente escuchando
los surtidores también.
Cada tarde, de su rostro,
es mayor la palidez.
Una tarde la princesa
llega presurosa ante él:
-«¿Cuál es tu nombre? le dice,
tu patria, esclavo, ¿cuál es?
-Arabia me dio la cuna;
llamáronme Mohamet.
Soy de aquellos azraítas
que mueren cuando aman bien».

Poema: Fiesta primaveral de Heinrich Heine

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Fiesta primaveral

¡Cuán tristes, oh Primavera,
cuán tristes son hoy tus goces!
Vírgenes atribuladas
en ansioso tropel corren,
la túnica desceñida,
los cabellos en desorden,
y con ayes lastimeros
«¡Adonis!» gritan «¡Adonis!»
La luz apaga el ocaso,
y ellas, por valles y bosques,
agitando rojas teas,
van buscando y dando voces.
Y entre lágrimas y risas,
y lamentos y clamores,
el eco apesadumbrado
¡Adonis!» repite «¡Adonis!»

El más gallardo mancebo,
el más amoroso joven,
tendido entre rosas yace
helado, lívido, inmóvil;
la púrpura de sus venas
colora todas las flores,
y llena todos los aires
el grito «¡Adonis! ¡Adonis!»

Poema: A la madrugada de Heinrich Heine

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A la madrugada

Esta mañana, lóbrega envolvía
la niebla el arrabal de San Marcelo,
tarda niebla otoñal, pálida y fría,
cual noche clara en despejado cielo.

Envuelto en su penumbra misteriosa,
vagaba yo al azar, cuando asombrado
imagen femenil leve y hermosa
cual rayo de la luna, vi a mi lado.

Cual un rayo apacible de la luna
deslizábase muda, tenue y bella,
no vi en Francia jamás mujer alguna
tan gallarda y airosa como aquella.

¿Era la misma luna, que del carro
nacarado bajó, y al mundo vino,
porque halló, más hermoso y más bizarro,
otro Endimión en el Cuartel latino?

Marché a casa pensando: temerosa
de mi se recataba y se escondía:
sin duda me tomó la casta diosa
por Febo, el boquirrubio, que el sol guía.

Poema: Un astro caído de Heinrich Heine

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Un astro caído

Era un astro, y tan fúlgido brillaba
que a fuerza de brillar cayó del cielo.
¿Qué es el amor, oh niña, me preguntas?
Astro caído en un montón de estiércol.

Como roñoso can, muerto y corrupto,
de podredumbre hedionda está cubierto;
el gallo canta; gruñe y en el fango
su lascivia feroz revuelca el cerdo.

Caiga yo en el jardín, donde las flores
me aguardan ya con impaciente anhelo;
y encuentre allí, como anhelante imploro,
pulcra la muerte y perfumado el féretro.

Poema: Una Mujer de Heinrich Heine

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Una mujer

Se amaban con frenética pasión;
ella era una ramera; él un ladrón;
cuando él fraguaba alguna fechoría,
se echaba ella en la cama, y se reía.

Pasaba el día en huelga y sin afán,
y la noche en los brazos del galán;
cuando se lo llevó la policía,
del balcón lo miraba, y se reía.

Él, de la cárcel, le mandó decir
que no podía sin su amor vivir;
a un lado y otro lado ella movía
la cabeza fisgona, y se reía.

A las seis lo colgaron; al sonar
las siete, lo llevaron a enterrar;
cuando daban las ocho el mismo día,
ella se emborrachaba, y se reía.

Poema: La desconocida de Heinrich Heine

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La desconocida

Sé que a los jardines regios
de las Tullerías va
todas las tardes la hermosa
rubia, que es mi dulce imán,
y que bajo sus frondosos
castaños la he de encontrar.
La acompañan dos odiosas
damas de madura edad.
¿Son sus tías? ¿son dragones
con femenino disfraz?
Las dos dueñas bigotudas
horrible miedo me dan,
y aun mi corazón inquieto
más miedo me hace pasar;
y así, cuando en los jardines
me cruzo con mi beldad,
ni el más mínimo requiebro
me decido a pronunciar,
y apenas en mis pupilas
arde el interior volcán.
Hoy he sabido su nombre
por pura casualidad;
se llama Laura, lo mismo
que la hermosa provenzal,
por el excelso poeta
amada con loco afán.
¡Se llama Laura!, ¡Qué dicha!
me encuentro en el caso igual
que el Petrarca, cuando ansioso
consagraba a su deidad
de sonetos y canciones
inagotable raudal.
¡Se llama Laura! y lo mismo
que Petrarca, he de gozar
la platónica delicia,
la pura felicidad
de embriagarme en la dulzura
de su nombre celestial.
Al fin y al cabo, Petrarca
no consiguió nada más.

Poema: la Fortuna de Heinrich Heine

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La fortuna

¡Ah, señora Fortuna! inútilmente
desdeñosa te muestras. Tus favores
conquistaré con ánimo valiente
como todos los bravos luchadores.
En la reñida lid caerás domada;
ya forjo el yugo al que serás uncida;
pero al verte a mis plantas desarmada,
siento en el corazón mortal herida.
La roja sangre brota en largo río
y el dulce soplo del vital aliento...
y cuando el triunfo que anhelé, ya es mío,
ceder mis fuerzas y morir me siento.

Poema: Alí Bey de Heinrich Heine

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Alí Bey

Alí Bey, el más heroico
paladín de los creyentes,
en los brazos de una hermosa
disfruta el mayor deleite,
y el mismo Alah poderoso
se complace y goza viéndole
disfrutar del Paraíso
anticipados placeres.
Odaliscas le rodean
bellas como hurís celestes;
una las barbas le riza,
otra le ha ungido las sienes,
otra la cítara pulsa,
baila y canta alegremente,
y el pecho le besa, en donde
todas las delicias hierven.

Suenan trompetas de pronto,
fragor de encontradas huestes,
choque de espadas y alfanjes,
estampidos de mosquetes,
y entre ellos voces que gritan:
-«¡Gran señor, los francos vienen!»
En su caballo de guerra
intrépido monta el héroe;
como en sueños, corre al campo
del combate, porque siempre
de los brazos de su hermosa
los dulces halagos siente,
y mientras caen a sus golpes
cabezas de los infieles,
cual feliz enamorado
sonríe tranquilamente.

Poema: La Primavera de Henrich Heine

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La corriente resbala brilladora;
cuán vivo es el amor en Primavera!
Teje fresca guirnalda la pastora
y sonríe sentada en la ribera.

Las flores dan al viento su ambrosía;
¡cuán vivo en Primavera es el amor!
-«¿A quién esta guirnalda yo daría?»
¿dice la hermosa llena de rubor?

Un caballero pasa galopando;
la saluda con júbilo al pasar.
La bella lo contempla palpitando,
y una pluma a lo lejos ve ondular.

Arroja al río las brillantes flores,
y prorrumpe en un llanto agobiador.
¡Cómo cantan los tiernos ruiseñores!
¡cuán vivo en Primavera es el amor!

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