Mostrando entradas con la etiqueta romances de Heine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta romances de Heine. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de abril de 2009

Romance 1 de Heinrich Heine

By
- 1 -

El triste
A compasión mueve a todos
triste y pálido mancebo,
que en el rostro lleva escritos
sus callados sufrimientos.
Sus sienes calenturientas
refresca piadoso el viento;
doncellas bien desdeñosas
le ven con ojos benévolos.
Huyendo de todos, corre
al bosque, donde risueños
los pájaros y las hojas
forman alegre concierto.
Pero enmudecen las aves
y ruge el bosque siniestro
apenas ven que se acerca
el afligido mancebo.

Romance 2 de Heinrich Heine

By
- 2 -

Dos hermanos
Allá, en el monte, el castillo
envuelto en la noche obscura;
espadas acá, en el valle,
que chocan y que fulguran.
Embístense dos hermanos
con igual cólera y furia;
¿Por qué, manos fraternales
con tan fiero enojo luchan?
Laura, la linda condesa,
es la que tiene la culpa:
ambos en amor se abrasan,
sedientos de su hermosura.
¿A quién la dama prefiere?
Nadie resolvió esa duda;
decididla, pues, vosotras;
fallad, espadas desnudas.
Los tenaces combatientes
sin piedad ni tregua pugnan;
apenas suena un mandoble,
otro mandoble retumba.
Id con tiento en las tinieblas,
aceros que el odio empuña;
sombras, visiones y ardides
la traidora noche oculta.
¡Oh fratricidas hermanos!
¡Valle infausto! ¡Negra tumba!
El uno al otro en el pecho
la espada a la vez sepultan.

Muchos siglos han pasado
y generaciones muchas;
y aún el desierto castillo
mira hacia la honda llanura.
Por ella, de noche, vagan
dos sombras, leves y mudas,
y apenas suenan las doce,
otra vez la espada cruzan.

Romance 3 de Heinrich Heine

By
- 3 -

El pobre Pedro

I
Con placer que el baile excita
danzan Juan y Margarita;
Pedro inmóvil, cejijunto,
de ellos los ojos no quita,
más pálido que un difunto.

Margarita es ya de Juan,
y en traje de bodas van
orondos y relucientes;
Pedro, con rabioso afán,
hinca en los puños los dientes.

Contemplando a la pareja
habla en voz baja, y se queja,
y prorrumpe al cabo así
«¡Como Dios no me proteja,
no sé qué será de mí!»

II
«Siento una pena aquí dentro
que me oprime el corazón;
do quiera vaya, me encuentro
siempre fuera de mi centro,
siempre en la misma aflicción.

»A mi amada busco loco,
cual si pudiera calmar
la angustia en que me sofoco;
y -¡ay Dios! -no puedo tampoco
su presencia soportar.

»Trepo al monte que hasta el cielo
se encumbra y hallo el consuelo
de que nadie me ha de ver:
allí, al menos sin recelo
podéis, lágrimas, correr!»

III
El pobre Pedro va errante,
macilento, vacilante,
más muerto que vivo: al verle
sorprendido el caminante
se para a compadecerle.

Dice la doncella hermosa:
«De la fosa éste vendrá».
Doncella de faz de rosa,
no es que viene de la fosa;
es -¡ay!- que a la fosa va.

Le llama la tumba pía,
porque ha perdido a su amor:
allí en paz y sin porfía,
aguardará el postrer día:
¿dónde estuviera mejor?

Romance 4 de Heinrich Heine

By
- 4 -

Los granaderos
A Francia dos granaderos,
allá en Rusia prisioneros,
vuelven ya: ¡suerte feliz!
Al llegar una mañana
a la frontera alemana
doblan ambos la cerviz.

Nueva oyeron lastimera;
está ya la Francia entera
en poder del invasor;
deshecho y roto el altivo
Gran Ejército; ¡cautivo!
¡cautivo el Emperador!

Escuchan, mudos de espanto,
la nueva fatal: el llanto
baña su curtida tez;
y con ansias reprimidas
uno dice: «Mis heridas
se abren todas otra vez».

Dice el otro: «¡Acabó todo!
¡Morir! fuera el mejor modo
de dar término a este afán,
Mas, ¡los pobres pequeñuelos!...
¡La mujer!... ¡Oh santos cielos!
si les falto yo, ¿qué harán?»

-«¿La mujer?... ¿Y qué me importa?
¿Los hijos?... El alma absorta
llora desdicha mayor.
¿Pan les falta?... ¡Por Dios vivo!
¡Que lo mendiguen!... ¡Cautivo!
¡Cautivo el Emperador!»

«Una súplica sagrada
he de hacerte, ¡oh camarada!
¡Compadécete de mi!
Para abrir mi humilde huesa,
llévame a tierra francesa,
dormiré mejor allí.

»Esta cruz resplandeciente,
de roja cinta pendiente,
ponla sobre el corazón;
en su sitio, al diestro lado,
el fusil bien colocado;
la espada en el cinturón.

»Así, a punto, y siempre en vela,
estaré, cual centinela
fijo siempre en su lugar;
hasta que oiga en feliz día
rechinar la artillería
y los caballos trotar.

»Y el Emperador, al frente
de su ejército impaciente
cabalgará, y al clamor,
armado saldré de tierra,
y otra vez iré a la guerra,
detrás del Emperador».

Romance 5 de Heinrich Heine

By
- 5 -

Don Ramiro
-«¡Doña Clara! ¡Doña Clara!
¡Tras tantos años de amor!
tu propia mano traidora
la puñalada me dio.
»¡Doña Clara! ¡Doña Clara!
es la vida alegre don;
y el sepulcro obscuro y frío
me inspira miedo y horror!
»A Fernando das mañana
la mano y el corazón:
¿Me convidas a la boda?
¿Quieres que a ella asista yo?»
-«¡Don Ramiro! ¡Don Ramiro!
amargos tus dichos son,
como la ley de los astros
que mis designios burló.
»¡Don Ramiro! ¡Don Ramiro!
desecha ese negro humor;
piensa que hay muchas mujeres,
y que nos separa Dios.
»Vencedor eres del moro;
sé tu propio vencedor:
ven a mi boda mañana
sin recelo ni aprensión».
-«Iré a tu boda mañana;
te lo juro por quien soy:
iré, y bailaré contigo:
¡Adiós, Doña Clara! -¡Adiós!»
Crujió la ventana al punto,
petrificado él quedó;
luego hundióse en las tinieblas,
cual lúgubre aparición.

Cuando las nocturnas sombras
rasgó el matutino albor,
cual jardín lleno de flores,
Toledo resplandeció.
Alcázares y palacios
brillan a la luz del sol;
las cúpulas de los templos
parece que de oro son.
De las campanas al vuelo
suena el confuso clamor;
se elevan de los altares
el cántico y la oración.
¡Mirad, allá, en la capilla!
¡Allá, en la Plaza Mayor!
¡Mirad, mirad, qué gentío!
¡Qué tropel! ¡Qué confusión!
Nobles damas, cortesanos,
hidalgos, hombres de pro;
y al clamor de las campanas
une el órgano su voz.
La multitud abre paso:
ya la pareja salió:
Doña Clara y Don Fernando
los felices novios son.
Hasta el palacio del novio
corren las gentes en pos;
celébrase allí la boda
con señorial esplendor.
Tras el festín, el torneo;
todo es fiesta y diversión:
rápidas pasan las horas;
pronto la noche llegó.
Congréganse para el baile
en la cámara de honor;
cien lámparas resplandecen
en el dorado artesón.

El novio y la novia ocupan
altos sitiales los dos;
se están diciendo en voz baja
dulces palabras de amor.
Muchedumbre engalanada
puebla el soberbio salón:
vibra aguda la trompeta
sordo redobla el tambor.
-«¿Por qué, bellísima dama,
el esposo preguntó,
por qué la mirada fija
clavas en aquel rincón?»
-«¿No ves allí un hombre envuelto
en su negra capa? -No;
es, replicó sonriendo,
sombra, quimera, ilusión».
Y la sombra se acercaba,
y era un embozado ¡ay Dios!
y Clara, toda encendida,
a Ramiro saludó.
Ha comenzado ya el baile;
vuelan, al acorde son,
los galanes y las damas
en vértigo embriagador.
-«De buen grado, Don Ramiro,
bailaré contigo yo;
pero venir no debiste
con tan negro capotón».
Él, los ojos penetrantes
fija en la que fue su amor;
ciñe su cintura, y dice:
«Me llamaste, y aquí estoy».

En los giros de la danza
abrazados van los dos;
vibra aguda la trompeta,
sordo redobla el tambor.
-«Pálido estás cual la nieve»
dice con trémula voz
la bella, y él le responde:
«Me llamaste y aquí estoy».
Chisporrotean las luces;
brilla el soberbio salón:
¡Cómo vibra la trompeta!
¡Cómo redobla el tambor!
¡«Fría, cual hielo, es tu mano».
Clara, espantada, exclamó;
y él, con voz más tenebrosa,
-«Me llamaste, y aquí estoy».
-«¡Suelta, suelta, don Ramiro!
¡Suéltame, por compasión!»
Siempre la misma respuesta:
«Me llamaste, y aquí estoy».
Alegre suena la música,
y en torbellino veloz
gira y se revuelve todo
cual fantástica visión.
-«¡Suéltame! ¡suéltame!» exclama
la novia, llena de horror;
y él replica: «Me llamaste,
me llamaste, y aquí estoy.»
Ella, al fin, airada grita:
-«¡Suéltame, en nombre de Dios!»
y al pronunciar ese nombre,
Ramiro despareció.
Quedó Clara inmóvil, yerta,
sin sentidos y sin voz;
bajó la siniestra imagen
a su lúgubre mansión.

Ya retorna en sí la dama,
ya las pupilas abrió;
mas al punto se las cierra
espanto nuevo y mayor.
Desque el baile comenzara
estuvo -no hay duda, no-
sentada junto a su esposo,
sin moverse del sillón.
-«¿Por qué, pregunta Fernando,
se te ha quebrado el color?
¿Por qué, de tus bellos ojos,
se ha nublado el claro sol?»
Clara, dudosa, espantada,
-«¿Y Ramiro?» -preguntó;
y no pudo más su lengua,
que paraliza el horror.
Hondas, tempranas arrugas,
fruncen con ceño feroz
la frente del caballero,
y con gesto aterrador,
-«Saberlo no quieras, dice:
¡Historias trágicas son!
-¿Pero Ramiro?... -Ramiro,
esta mañana murió!»

Romance 6 de Heinrich Heine

By
- 6 -

El mensaje
-Paje, ensilla tu alazán,
y sin tregua ni reposo,
cabalga con vivo afán
hacia el soberbio y famoso
castillo del rey Duncán.
Albérgate en un rincón
de cualquier camaranchón,
y di a un mozo, de pasada:
«Dos las hijas del rey son;
de ellas ¿cuál la desposada?»
Si te responde -¡ojalá!-
«La morena», vuelve acá,
vuelve pronto, en son de fiesta;
si 'la rubia' te contesta,
entonces... no hay prisa ya.
Vuelve; mas compra primero
una soga al cordelero,
y después -¡la pena me ahoga!-
mudo y fatal mensajero,
ven y dame aquella soga.

Romance 7 de Heinrich Heine

By
- 7 -

Vuelta a casa
-No quiero volver solo, amada mía;
conmigo ven al lúgubre aposento
de la triste mansión, obscura y fría,
mi madre, al umbral acurrucada,
espera con ansioso pensamiento
del hijo la llegada.
-¡Suelta, déjame en paz, hombre sombrío!
¿Quién jamás te llamó? fuego es tu aliento;
tu diestra, hielo frío.
Ardiente llama en tus pupilas brilla;
mortal amarillez en tu mejilla.
Gozar quiero, con ansias amorosas,
la luz del sol, la esencia de las rosas.
-Deja los resplandores
del sol y los perfumes de las flores:
arroja el velo que tu sien cubría,
pulsa las cuerdas de la lira de oro,
canta el himno nupcial, amada mía,
y el viento de la noche te hará coro.

Romance 8 de Heinrich Heine

By
- 8 -

Baltasar
Aproxímase ya la media noche;
duerme en paz Babilonia.
En las alturas del augusto alcázar
chispean las antorchas.

Va y viene de la regia servidumbre
la innumerable tropa;
preside Baltasar regio banquete
en su cámara propia.

Los palaciegos, de su dueño en torno,
siéntanse a la redonda;
apuran el licor que centellea
en las fúlgidas copas.

Gritan los bulliciosos comensales;
los vasos entrechocan;
al monarca aburrido, la algazara
deleita y alboroza.

Sus marchitadas, pálidas mejillas
el júbilo arrebola;
el vino, de su ingénita fiereza
los ímpetus provoca.

Crece su audacia; la blasfemia horrible
al labio infame brota;
la cortesana turba la blasfemia
repite, aplaude y loa.

Llama altivo el monarca: un siervo acude
parte, y al punto torna;
y trae, del templo del Señor robados,
los vasos y las joyas.

Con sacrílega diestra un cáliz de oro
el impío rey toma;
lleno está ya del vino del banquete,
tan lleno que rebosa.

Hasta el fondo lo apura, y luego exclama
con palabras de mofa:
«Mira, Dios de Judá, cual te saluda
el rey de Babilonia».

Dice, y al punto en sus entrañas siente
fatídica zozobra;
silencio sepulcral súbito apaga
las carcajadas locas.

¡Mirad! ¡Mirad! Sobre el brillante muro
aparece una sombra;
es una mano que con fuego escribe
palabras misteriosas.

Baltasar en las letras encendidas
clava la vista atónita;
tétrica palidez cubre su rostro
sus rodillas se doblan.

La cortesana grey, despavorida,
queda inmóvil absorta;
vienen los Magos, y las letras miran:
descifrarlas no logran.

Aquella misma noche, antes que el alba
aclarase las sombras,
a manos de los suyos cayó muerto
el rey de Babilonia.

Romance 9 de Heinrich Heine

By
- 9 -

Los trovadores
A disputar su valía
en la excelsa poesía
hoy los trovadores van:
¡grave será la porfía!
¡arduas las justas serán!

La imaginación alada
les da fogoso corcel;
la palabra bien templada
les sirve de noble espada,
y es el arte su broquel.

Hermosísimas doncellas
les miran desde el balcón;
lauros brindan todas ellas;
pero no está entre esas bellas
la que anhela el corazón.

Llenos de salud y vida
van otros a combatir;
ellos, a la lid reñida,
van ya con mortal herida,
sin temblar y sin gemir.

Y el que más doliente lanza
el canto desgarrador,
aquél la victoria alcanza,
y la más dulce alabanza
del labio más seductor.

Romance 10 de Heinrich Heine

By
- 10 -

En el balcón
Pasaba, pálido y triste,
pálido y triste un mancebo:
la hermosa doncella estaba
en el balcón entreabierto.
La hermosa doncella, al verle,
decía: «¡Válgame el cielo!
Está ese desventurado
más pálido que un espectro».
Alzó aquel desventurado
los ojos grandes y negros,
y de la doncella hermosa
miró el balcón entreabierto.
Sintió la hermosa doncella
extraño desasosiego,
y se puso de repente
más pálida que un espectro.
Sintió la doncella hermosa
arder amorosos fuegos,
y estaba días y días
en el balcón entreabierto;
y tras los días ansiosos,
en los brazos del mancebo
caía todas las noches
a la hora de los espectros.

Romance 11 de Heinrich Heine

By
- 11 -

El caballero herido
Muchas historias he oído;
ninguna, como ésta, cruel:
un hidalgo bien nacido
está de amor malherido,
y su dama le es infiel.
Por infiel y por traidora,
a la que insensato adora
debiera menospreciar;
cual flaqueza infamadora
su propio dolor mirar.
Quisiera mover querella
gritando en la justa así:
«Amo a una hermosa doncella;
quien encuentre falta en ella,
salga y cierre contra mí».
Quizás todos callarían;
pero no su desazón:
y al fin sus armas tendrían
que herir, si luchar querían,
su mísero corazón.

Romance 12 de Heinrich Heine

By
- 12 -

Al zarpar
En el inquieto mástil apoyado,
las olas cuento y sigo hasta la orilla:
¡Adiós, tierra natal, hogar sagrado!,
¡Qué aprisa vas, barquilla!

Ante la casa paso de mi amante:
en su alegre ventana el sol destella;
casi me miro en su cristal brillante;
mas ¡ay! ¡no hay nadie en ella!

Reprimiré este lloro lastimero
que a mis pupilas da velo sombrío:
el mal que te amenaza, arrostra entero;
¡valor! corazón mío.

Romance 13 de Heinrich Heine

By
- 13 -

El cantar del arrepentimiento
Galopa Ulrico en la selva;
susurra plácido el viento;
ve el hidalgo entre las ramas
bella imagen en acecho.
«Te conozco, bella imagen,
dice, y lo dice gimiendo;
eres mi perseguidora
en la ciudad y en el yermo.
»Cual dos rosas son tus labios,
tan amorosos y frescos;
mas las palabras que lanzan
llenas están de veneno.
»Por eso yo los comparo,
al rosal hermoso y pérfido,
que entre sus hojas obscuras
oculta el áspid horrendo.
»Esos son de tus mejillas
los seductores hoyuelos,
la fosa a la cual me arrastran
mis insensatos deseos.
»Esos son los blondos rizos
que se enroscan a tu cuello,
red del Enemigo malo,
que me aprisionó con ellos.
»Esos tus ojos azules
como el estanque sereno,
que del cielo juzgué puertas,
y son puertas del infierno».

Galopa Ulrico en la selva;
zumba pavoroso el viento;
otra imagen ve el hidalgo,
tan pálida que da miedo.

«¡Madre mía! grita al punto;
¡Madre de mi amor primero!
¡Cuánto amargué yo tu vida
con mis dichos y mis hechos!
»¡Secar quisiera tus lágrimas
con la llama de mis duelos!
¡Quisiera animar tu rostro
con la sangre de mi pecho!»
Galopa y galopa Ulrico;
se obscurecen tierra y cielo;
sopla el viento del ocaso;
suenan extraños acentos.
Sus palabras repetidas
oye el lloroso mancebo:
pájaros son de la selva
que están cantando y diciendo:
«Hermoso cantar tú cantas,
el del arrepentimiento;
cuando lo hayas terminado,
vuelve a cantarlo de nuevo».

Romance 14 de Heinrich Heine

By
- 14 -

La canción de los florines
¿Qué te has hecho, mi tesoro,
que perdido busco y lloro?
¿Dónde estáis, florines de oro?

¿Estáis entre los dorados
pececillos esmaltados,
que surcan tranquilamente
los senos aljofarados
de la cristalina fuente?

¿Estáis entre las doradas
florecillas perfumadas,
que abren en vergel umbrío
sus corolas empapadas
en las perlas del rocío?

¿Estáis entre los dorados
pajarillas matizados,
que, robando al sol sus galas,
visos atornasolados
dan a sus abiertas alas?

¿Estáis entre las doradas
estrellas, siempre inflamadas,
que, para darnos consuelo,
tiernas y dulces miradas
nos dirigen desde el cielo?

No estáis, dorados florines,
en las cristalinas fuentes,
ni en los umbrosos jardines,
ni del aire en los confines,
ni en los cielos transparentes.

Para buscaras, en vano
registrara el orbe entero;
pues estáis -¡oh trance fiero!-
en las garras de milano,
de un implacable usurero.

Romance 15 de Heinrich Heine

By
- 15 -

A una cantante después de haberle oído una antigua canción romancesca

Aquel poderoso hechizo
olvidar no podré nunca:
la oía por vez primera,
y era su voz suave música
que el pecho oprime, y los ojos
con dulces lloros enturbia,
sin que el alma se dé cuenta
del bienestar que la inunda.
Un sueño llenó de pronto
mi imaginación confusa:
en la cámara materna,
que débil lámpara alumbra,
leía crédulo niño,
fabulosas aventuras,
mientras silbaban los vientos
entre las pálidas brumas.
Cuerpo las fábulas toman:
levántanse de su tumba
los héroes; en Roncesvalles
estalla tremenda lucha;
allá cabalga Rolando;
allá van las huestes suyas;
allá van también con ellas
Ganelón, ¡que Dios confunda!
Por él, a traición herido,
Rolando cae, y aún empuña
y al labio lleva la trompa,
que con tal clamor retumba,
que, allá lejos, al gran Carlos,
lleva su grito de angustia.
Rolando muere, y su muerte
mi sangriento sueño trunca.
Clamorosa me despierta
tempestad de aplausos súbita:
cesó el poderoso hechizo;
dio fin la extraña aventura;
todos, batiendo las palmas,
exclamaban '¡bravo!' y 'hurra!'
y la artista saludaba
con reverencias profundas.

Romance 16 de Heinrich Heine

By
- 16 -

Ciertamente
Cuando aviva la alegre primavera.
del sol los resplandores,
abren en el jardín y en la pradera
sus cálices las flores.

Cuando la luna, de la noche obscura
rasga el opaco velo,
brillan en torno de ella con luz pura
las estrellas del cielo.

Cuando vislumbra el soñador poeta
dos pupilas radiantes,
brotan con más calor de su alma inquieta
los versos palpitantes.

¡Lástima grande, sí, que ese tesoro
de estrellas, versos, flores,
pálida luna, sol de fuego y oro,
ojos deslumbradores;

Toda esa fantasía deliciosa
que tanto nos agrada,
en este mundo de mezquina prosa
no sirve para nada!

Entradas populares