martes, 3 de marzo de 2009

Elegía: A la patria de José de Espronceda

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Elegía: A la patria de José de Espronceda

¡Cuán solitaria la nación que un día
Poblara inmensa gente,
La nación cuyo imperio se extendía
Del Ocaso al Oriente!
¡Lágrimas viertes, infeliz ahora,
Soberana del mundo,
Y nadie de tu faz encantadora
Borra el dolor profundo!
Oscuridad y luto tenebroso
En ti vertió la muerte,
Y en su furor el déspota sañoso
Se complació en tu suerte.
No perdonó lo hermoso, patria mía;
Cayó el joven guerrero,
Cayó el anciano, y la segur impía
Manejó placentero.
So la rabia cayó la virgen pura
Del déspota sombrío,
Como eclipsa la rosa su hermosura
En el sol del estío.
¡Oh vosotros, del mundo habitadores,
Contemplad mi tormento!
¿Igualarse podrán ¡ah! qué dolores
Al dolor que yo siento?
Yo desterrado de la patria mía,
De una patria que adoro,
Perdida miro su primer valía
Y sus desgracias lloro.
Hijos espúreos y el fatal tirano
Sus hijos han perdido,
Y en campo de dolor su fértil llano
Tienen ¡ay! convertido.
Tendió sus brazos la agitada España,
Sus hijos implorando;
Sus hijos fueron, mas traidora saña
Desbarató su bando.
¿Qué se hicieron tus muros torreados?
¡Oh mi patria querida!
¿Dónde fueron tus héroes esforzados,
Tu espada no vencida?
¡Ay! de tus hijos en la humilde frente
Está el rubor grabado;
A sus ojos caídos tristemente
El llanto está agolpado.
Un tiempo España fue: cien héroes fueron
En tiempos de ventura,
Y las naciones tímidas la vieron
Vistosa en hermosura.
Cual cedro que en el Líbano se ostenta,
Su frente se elevaba;
Como el trueno a la virgen amedrenta,
Su voz las aterraba.
Mas ora, como piedra en el desierto,
Yaces desamparada,
Y el justo desgraciado vaga incierto
Allá en tierra apartada.
Cubren su antigua pompa y poderío
Pobre yerba y arena,
Y el enemigo que tembló a su brío
Burla y goza en su pena.
Vírgenes, destrenzad la cabellera
Y dadla al vago viento;
Acompañad con arpa lastimera
Mi lúgubre lamento.
Desterrados, ¡oh Dios!, de nuestros lares,
Lloremos duelo tanto.
¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares?
¿Quién secará tu llanto?

poema de José Espronceda

El canto del cosaco de José de Espronceda

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cosacos
poema: El canto del cosaco de José de Espronceda
Donde sienta mi caballo los pies
no vuelve a nacer yerba.

Atila

CORO

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda esplédido botín:
Sangrienta charca sus campiñas sean,
de los grajos su ejército festín.

¡Hurra, a caballo hijos de la niebla!
Suelta la rienda a combatir volad:
¿Veis esas tierras fértiles? las puebla
gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,
todo es hermoso y refulgente allí,
son sus hembras celestes, serafines,
su sol alumbra un cielo de zafir.

¡Hurra, cosacos del desierto...


Nuestros sean su oro y sus placeres,
gocemos de ese campo y ese sol;
son sus soldados menos que mujeres,
sus reyes viles mercaderes son.

Vedlos huir para esconder su oro,
vedlos cobardes lágrimas verter...
¡Hurra! volad, sus cuerpos, su tesoro
huellen nuestros caballos con sus pies.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Dictará allí nuestro capricho leyes,
nuestras casas alcázares serán,
los cetros y coronas de los reyes
cual juguetes de niños rodarán.

¡Hurra! Volad a hartar nuestros deseos,
las más hermosas nos darán su amor,
y no hallarán nuestros semblantes feos,
que siempre brilla hermoso el vencedor.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Desgarraremos la vencida Europa,
cual tigres que devoran su ración;
en sangre empaparemos nuestra ropa,
cual rojo manto de imperial señor.

Nuestros nobles caballos relinchando
regias habitaciones morarán;
cien esclavos, sus frentes inclinando,
al mover nuestros ojos temblarán.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Venid, volad, guerreros del desierto,
como nubes en negra confusión,
todos suelto el bridón, el ojo incierto,
todos atropellándoos en montón.

Id en la espesa niebla confundidos,
cual tromba que arrebata el huracán,
cual témpanos de hielo endurecidos
por entre rocas despeñados van.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Nuestros padres un tiempo caminaron
hasta llegar a una imperial ciudad;
un sol más puro es fama que encontraron,
y palacios de oro y de cristal.

Vadearon el Tíber sus bridones;
yerta a sus pies la tierra enmudeció;
su sueño con fantásticas canciones
la fada de los triunfos arrulló.

¡Hurra, cosacos del desierto...

¡Qué! ¿no sentís la lanza estremecerse
hambrienta en vuestras manos de matar?
¿No veis entre la niebla aparecerse
visiones mil que el parabién nos dan?

Escudo de esas míseras naciones
era ese muro que abatido fue;
la gloria de Polonia y sus blasones
en humo y sangre convertidos ved.

¡Hurra, cosacos del desierto...

¿Quién en dolor trocó sus alegrías?
¿Quién sus hijos triunfante encadenó?
¿Quién puso fin a sus gloriosos días?
¿Quién en su propia sangre los ahogó?

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!
Esos hombres de Europa nos verán:
¡Hurra! nuestros caballos en su frente
hondas sus herraduras marcarán.

¡Hurra, cosacos del desierto...

A cada bote de la lanza ruda,
a cada escape en la abrasada lid,
la sangrienta ración de sangre cruda
bajo la silla sentiréis hervir.

Y allá después en templos suntuosos,
sirviéndonos de mesa algún altar,
nuestra sed calmarán vinos sabrosos,
hartará nuestra hambre blanco pan.

¡Hurra, cosacos del desierto...

Y nuestras madres nos verán triunfantes,
y a esa caduca Europa a nuestros pies,
y acudirán de gozo palpitantes,
en cada hijo a contemplar un rey.

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,
las coronas de Europa heredarán,
y a conquistar también otras regiones
el caballo y la lanza aprestarán.

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín,
sangrienta charca sus campiñas sean,
de los grajos su ejército festín.

poema de José de Espronceda

Despedida del patriota griego de la hija del apóstata de José de Espronceda

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poema: Despedida del patriota griego de la hija del apóstata de José de Espronceda
Era la noche: en la mitad del cielo
Su luz rayaba la argentada luna,
Y otra luz más amable destellaba
De sus llorosos ojos la hermosura.

Allí en la triste soledad se hallaron
Su amante y ella con mortal angustia,
Y su voz en amarga despedida
Por vez postrera la infeliz escucha.

»Determinado está; sí, mi sentencia
Para siempre selló la suerte injusta,
Y cuando allá la eternidad sombría
Este momento en sus abismos hunda,

»¡Ojalá para siempre que el olvido,
Suavizando el rigor de la fortuna,
La imagen ¡ay! de las pasadas glorias
Bajo sus alas lóbregas encubra!

»¿Por qué al nacer crüeles me arrancaron
Del seno de mi madre moribunda,
Y salvo he sido de mortales riesgos
Para vivir penando en amargura?

»¿Por qué yo fui por mi fatal destino
Unido a ti desde la tierna cuna?
¿Por qué nos hizo iguales en riqueza
Y en linaje también mi desventura?

»¿Por qué mi infancia en inocentes juegos
Brilló contigo, y con delicia mutua
Ambos tejimos el infausto lazo
Que nuestras almas míseras anuda?

»¡Ah! para siempre adiós: vano es ahora
Acariciar memorias de ventura;
Voló ya la ilusión de la esperanza,
Y es vano amar sin esperanza alguna.

»¿Qué puede el infeliz contra el destino?
¿Qué ruegos moverán, qué desventuras
El bajo pecho de tu infame padre?
Infame, sí, que al despotismo jura

»Vil sumisión, y en sórdida avaricia
Vende su patria a las riquezas turcas.
Él apellida sacrosantas leyes
El capricho de un déspota; él nos juzga

»De rebeldes doquier: su voz comprada
Culpa a su patria y al tirano adula;
Él nos ordena ante el sultán odioso
Humilde miedo y obediencia muda.

»Mas no, que el alma de la Grecia existe;
Santo furor su corazón circunda,
Que ávido se hartará de sangre hirviente,
Que nuevo ardor le infundirá y bravura.

»No ya el tirano mandará en nosotros:
Tristes rüinas, áridas llanuras,
Cadáveres no más serán su imperio,
Será solo el señor de nuestras tumbas.

»Ya osan ser libres los armados brazos
Y ya rompen la bárbara coyunda,
y con júbilo a ti, todos ¡oh muerte!
y a ti, divina libertad, saludan.

»Gritos de triunfo, sacudido el viento
hará que al éter resonando suban,
O eterna muerte cubrirá a la Grecia
En noche infanda y soledad profunda.

»Ese altivo monarca, que embriagado
Yace en perfumes y lascivia impura,
Despechado sabrá que no hay cadena
Que la mano de un libre no destruya.

»Con rabia oirá de libertad el grito
Sonar tremendo en la obstinada lucha,
Y con miedo y horror su sed de sangre
Torrentes hartarán de sangre turca.

»Y tu padre también, si ora imprudente
So el poder del Islam su patria insulta,
Pronto verá cuan formidable espada
Blande en la lid la libertad sañuda.

»Marcha y dile por mí que hay mil valientes,
Y yo uno de ellos, que animosos juran
Morir cual héroes o romper el cetro
A cuya sombra el pérfido se escuda.

»Que aunque marcados con la vil cadena,
No han sido esclavas nuestras almas nunca,
Que el heredado ardor de nuestros padres
Las hace hervir aún: que nuestra furia

»Nos labrará, lidiando, en cada golpe
Triunfo seguro o noble sepultura.
Dile que solo en baja servidumbre
Puede vivir un alma cual la suya,

»El alma de un apóstata que indigno
Llega sus labios a la mano impura,
Que de caliente sangre reteñida,
Nuevos destrozos a su patria anuncia.

»Perdóname, infeliz, si mis palabras
Rudas ofenden tu filial ternura.
Es verdad, es verdad: tu padre un tiempo
Mi amigo se llamó, y ¡ojalá nunca

»Pasado hubieran tan dichosos días!
¡Yo no llamara injusta a la fortuna!
¡Cómo entonces mi mano enjugaría
Las lágrimas que viertes de amargura!

»Tú padre ¡oh Dios! como engañoso amigo
Cuando la Grecia la servil coyunda
Intrépida rompió, cuando mi pecho
Respiraba gozoso el aura pura

»De la alma libertad, pensó el inicuo
Seducirme tal vez con tu hermosura,
Y en premio vil me prometió tu mano
Si ser secuaz de su traición inmunda,

»Y desolar mi patria le ofrecía,
¡Esclavo yo de la insolente turba
De esclavos del sultán!!! Antes el cielo
Mis yertos miembros insepultos cubra,

»Que goce yo de ignominiosa vida
Ni en el seno feliz de tu dulzura.
¡Ah! para siempre a Dios: la infausta suerte
Que el lazo rompe que las almas junta,

»Y va a arrancar tu corazón del mío,
Tan solo ahora una esperanza endulza.
Yo te hallaré donde perpetuas dichas
Las almas de los ángeles disfrutan.

»¡Ah! para siempre adiós... tente... un momento
Un beso nada más... es de amargura...
Es el último ¡oh Dios!... mi sangre hiela...
¡Ah! los martirios del infierno nunca

»Igualaron mi pena y mi agonía.
¡Terminara muerte aquí mi angustia,
Y aun muriera feliz! Mis ojos quema
Una lágrima ¡oh Dios! y tú la enjugas.

»¡Quién resistir podrá! Basta, la hora
Se acerca ya que mi partida anuncia.
¡Ojalá para siempre que el olvido,
Suavizando el rigor de la fortuna,

»La imagen ¡ay! de las pasadas glorias
Bajo sus alas lóbregas encubra!»

Dice, y se alejan. A esperar consuelo
La hija del Apóstata en la tumba;
Él batallando pereció en las lides,
Y ella víctima fue de su amargura.

poema de José de Espronceda

Canción del pirata de José de Espronceda

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batalla naval
poema: Canción del pirata de José de Espronceda

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido,
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul:

«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.»

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

«Allá muevan feroz guerra,
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.»

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de «¡barco viene!»
es de ver
como vira y se previene,
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.

Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
la victoria mi deidad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

poema de José de Espronceda

Canción de la muerte de José de Espronceda

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poema: Canción de la muerte de José de Espronceda
Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

poema de José de Espronceda

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