viernes, 26 de diciembre de 2008

Dámaso Alonso - Monstruos

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manos en oracion
Todos los días rezo esta oración
al levantarme:

Oh Dios,
no me atormentes más.
Dime qué significan
estos espantos que me rodean.
Cercado estoy de monstruos
que mudamente me preguntan,
igual, igual, que yo les interrogo a ellos.
Que tal vez te preguntan,
lo mismo que yo en vano perturbo
el silencio de tu invariable noche
con mi desgarradora interrogación.
Bajo la penumbra de las estrellas
y bajo la terrible tiniebla de la luz solar,
me acechan ojos enemigos,
formas grotescas que me vigilan,
colores hirientes lazos me están tendiendo:
¡son monstruos,
estoy cercado de monstruos!

No me devoran.
Devoran mi reposo anhelado,
me hacen ser una angustia que se desarrolla a sí misma,
me hacen hombre,
monstruo entre monstruos.

No, ninguno tan horrible
como este Dámaso frenético,
como este amarillo ciempiés que hacia ti clama con todos sus tentáculos enloquecidos,
como esta bestia inmediata
transfundida en una angustia fluyente;
no, ninguno tan monstruoso
como esa alimaña que brama hacia ti,
como esa desgarrada incógnita
que ahora te increpa con gemidos articulados,
que ahora te dice:
«Oh Dios,
no me atormentes más,
dime qué significan
estos monstruos que me rodean
y este espanto íntimo que hacia ti gime en la noche.»

Dámaso Alonso - ¿Cómo era?

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la puerta
La puerta, franca.
Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.

No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma, ni en la forma cabe.

Lengua, barro mortal, cincel inepto,
deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,

y canta mansamente, humildemente,
la sensación, la sombra, el accidente,
mientras ella me llena el alma toda.

Julio Flórez - "Huyeron las golondrinas"

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Huyeron las golondrinas
de tus alegres balcones,
ya en la selva no hay canciones
sino lluvias y neblinas.

Sólo en mi senda hay espinas
desde que a ignotas regiones
huyeron las golondrinas
de tus alegres balcones.

¡Insondables aflicciones
se posan en las ruinas
de mis ya muertas pasiones!
¡Ay! . . . que con las golondrinas
huyeron mis ilusiones.

Julio Flórez - Como el mar...

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luz del alma
Llevas lumbre purísima en el alma
y yo, sombra insondable de lo incierto;
tú de los lagos la apacible calma
yo, la calma espantosa del Mar Muerto.

Por eso, niña, cuando canto a solas
en esas noches del invierno largas,
mis rimas son como las turbias olas
de ese mar: melancólicas y amargas.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Heinrich Heine - Sueño 2

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jardin
Un sueño pavoroso tuve un día,
que me lleno de espanto y de alegría;
y ante mi vista, aún, hoscas de mecen
mil visiones que el pecho me estremecen.

Por un jardín fantástico y ameno,
vagaba yo con ánimo sereno;
las flores me miraban con ternura,
y rebosaba mi alma de ventura.

Entre las ramas, las parleras aves
modulaban de amor trovas süaves;
y el rojo sol, entre áureos esplendores,
sus matices de luz daba a las flores.

Las balsámicas hierbas de las lomas
vertían en los aires sus aromas;
todo brillaba y todo sonreía en torno,
brindándome las glorias de su adorno.

Bañaba aquella tierra peregrina
una fuente de mármol, cristalina;
y en ella vi una cándida hermosura
que lavaba una blanca vestidura.

Su rubia faz y púdica mirada
eran de santa virgen retratada;
y aunque por vez primera la veía,
creyó reconocerla el alma mía.

Canta la hermosa al exprimir la tela,
y dice así, su extraña cantinela:
"¡Corre!, y tu linfa toda mancha borre
de este blanco cendal, ¡corre, agua, corre!''

Y respondió: "¡Prepárate a tu suerte;
lavando estoy tu túnica de muerte!''
Y esto al decir, como vapor sombrío,
desvanecióse el cuadro en el vacío.

Por magia, al punto me encontré en un yerto
profundo bosque lóbrego y desierto;
los árboles se erguían y yo, en tanto,
absorto, meditaba ante el encanto.

Súbito, rasga el aire sordo eco,
cual de un hacha lejana el golpe seco;
corro, y salvando breñas y maraña,
a un claro llego, al fin, de la montaña.

En medio del verdor, enhiesto, inmoble,
su copa eleva gigantesco roble.
Y, ¡oh, sorpresa! Con hacha reluciente,
hiende el tronco la niña de la fuente.

Mientras golpe a golpe apura
blandiendo el hacha sin cesar, murmura:
"¡Acero relumbrante, acero noble!
¡Lábrame un arca de este duro roble!"

Rápido, entonces acerquéme a ella,
y así le dije: "Oh, mágica doncella,
di, ¿para quién, esa funesta caja
del árbol secular tu acero taja?"

"¡Corto es el tiempo -dijo-, y transitorio:
labrando estoy tu féretro mortuorio!"
¡Y esto al decir, como ligera espuma,
desvanecióse el cuadro entre la bruma!

Espesa lobreguez el bosque inunda,
¡y en torno es todo soledad profunda!. . .
Lo que por mí pasó. . ., decir no puedo;
sólo sé que de horror temblaba, y miedo.

Alcé la vista y divisé a lo lejos
de albo cendal los cándidos reflejos;
lánzome en pos de la ondulante huella,
llego, y. . ., qué miro; ¡oh cielos!. . ., ¡era ella!

Allí, armada de fúnebre piqueta,
la tierra ahondando está con mano inquieta;
¡yo, en tanto, a verla apenas me atrevía,
tan hosca y bella a un tiempo parecía!

Canta la hermosa, la piqueta alzando,
y así decía con acento blando:
"¡Piqueta de metal puro y sin mancha,
una fosa bien honda ábreme, y ancha!"

Trémulo, entonces acerquéme a ella,
y así le dije, en tímida querella:
"¡Oh, mágica beldad! ¡Oh, niña hermosa!
Di, para quién esa profunda fosa?"

"¡Silencio!", a responderme se apresura:
"¡Cavando estoy tu helada sepultura!"
Y apenas dijo así, lóbrega y fría,
se abrió la tumba ante la vista mía.

Quise en su fondo ver, mas al instante
sudor de hielo me cubrió el semblante,
y en la tiniebla sepulcral, sin vida
caí rodando. . ., ¡y desperté en seguida!

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