lunes, 27 de abril de 2009

Príncipe y Rey de José Zorrilla

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Príncipe y Rey
Romance histórico
de José Zorrilla



Está la noche serena;
la luna, sin pardas nubes
que la empañen, limpia y clara
en el firmamento luce.
En derredor las estrellas,
con multiplicadas lumbres
tachonan del aire vano
los pabellones azules.
Eresma por entre peñas
su escaso raudal conduce
a las plantas de un alcázar
que en sus arenas las hunde;
y ya en montones de espuma
revoltoso se derrumbe,
ya con transparentes ondas
manso y humilde murmure,
nunca es más que un corto espejo
que adula la excelsa cumbre,
porque permita al palacio
que en su cristal se dibuje.
Está la noche serena,
y a pasos rápidos huye
sobre la choza pajiza
y la espléndida techumbre.
Calla el viento; el aura apenas
suelta ráfaga que ondule;
Eresma hace que sus ondas
no desvelen, sino arrullen,
y si algún pájaro errante
hay que el silencio interrumpe,
avergonzado se duerme
por no tener quien le escuche.
Mas no es tan hondo el silencio
que el aura a veces no crucen
los incompletos compases
que danza vecina arguyen.
Oyese el rumor lejano
de contenta muchedumbre
que entre cánticos y brindis
el sueño tenaz sacude.
La danza es en el alcázar,
que el príncipe Enrique cumple
hoy años, y a malgastarlos,
junta los más que le ayuden.
La copa de los placeres,
para que ansiosos apuren
cuantas damas y galanes
hay en Castilla, reúne.
La vida es corta; los días
se menguan y disminuyen;
la molicie es cortesana,
y los placeres son dulces.
¿Qué importa que el rey don Juan
contra los rebeldes luche?
El Príncipe vivo y goza,
que como a quien es le cumple.
¡Fiestas y danzas! Los reyes
no bon hidalgos comunes
en cuya frente se ostentan
el valor y las virtudes.
Una frente coronada
radia sólo tantas luces,
que los ojos atrevidos
a sus destellos sucumben.
Por eso suenan alegres
las chirimías y adules,
haciendo que sus compases
de sala en sala retumben;
por eso amoroso abrazo,
despertador de inquietudes,
los talles de las hermosas
al ceñidor sustituyen;
por eso el cendal flotante
gira en círculo voluble,
revelando lo escondido
tras lo que traidor descubre.
¡Oh! Hermosas son las hermosas
cuando, aspirando perfumes,
mas ocultos sus hechizos
entre transparentes tules,
sueltos los cabellos de ébano
en espirales y en bucles,
de amar y gozar sedientas
a los salones acuden.
Aquel aliento que envía
un suspiro a que se cruce
con un suspiro que deja
que aquél su lugar ocupe;
aquel murmullo continuo
que hace que el aura susurre
con mil acentos sin forma,
que entre sus pliegues confunde;
aquella blanda sonrisa
que vida en un alma influye,
mientras aguarda favores
en penada incertidumbre;
aquellos húmedos ojos
a cuya luz se destruyen
los hielos del corazón
cuando de esquivo presume;
tantos acasos pensados
que en rodeos mil conducen
al revuelto laberinto
de amantes solicitudes;
y todo ello en un palacio
donde tormentosa bulle
cuanta pompa, intriga y gala
la faz de un Príncipe influye
hacen que los corazones
tan embriagados se ofusquen,
que deliren paraísos
bajo el cieno que les cubre.
Espléndido está el salón,
y aunque mucho disimulen
las damas, están contentas
cuando los maridos sufren.
El Príncipe galantea,
y las damas de más lustro
le deben hoy tantas flores
cuanto algunos pesadumbres.
Porque él, con una en los brazos,
toda una danza interrumpe,
haciendo que en raudos círculos
mil veces el salón cruce.
Pie con pie, mano con mano,
al muelle, lánguido empuje,
la lleva en pos blandamente,
la suspende y la sacude.
Ella, adormecida, suelta,
sobre brazo tan ilustre,
más se abandona y descuida,
porque más él la asegure.
Flotan los rizos de entrambos,
los alientos se confunden,
crúzanse los pies veloces,
vagan los mantos volubles;
el labio pide a los ojos
osadía, amor y lumbre,
y los labios a los ojos
suplican que no pronuncien.
Los ojos suplen las voces,
la sonrisa el fuego encubre,
y así al amor y al placer
todo sirve y todo suple.
¡Espléndido está el salón,
todo el aire son perfumes,
música, citas, suspiros,
murmullo, plumas y luces!
Mas hay un hombre sombrío
a quien todos llaman Duque,
y a quien ninguno aventaja
en la gala que le cubre,
cuyos dos ojos tenaces,
sin que se aparten o muden,
en el Príncipe están fijos
cual si temiera que le harten:
si algún importuno acaso
su tenacidad reduce,
siempre a su objeto ambiciosos,
rápidos se restituyen.
Al acero se parecen,
que por más que se procure
doblarle contra el imán,
siempre hacia el imán resurte:
mientras, descuidado el Príncipe,
sin que su gozo perturben,
con una dama en los brazos,
por el salón baja y sube.
Es cierto que alguna vez
mira de reojo al Duque;
mas éste, firme y tranquilo,
ni lo busca ni la huye.
Es verdad que alguna vez
el primogénito ilustre
su voluptuosa pareja
por delante dél conduce;
y tal vez, aunque no altivo,
de distinguirle se excuse,
no se alcanza a comprender
si es que le honre o que le injurie;
mas el Duque no por ello
en desmán alguno incurre:
siempre el respeto lo sobra,
ya lo responda o le escuche.,

Cesó la danza y la música,
que ya el albor se descubre
del alba, que por los vidrios
asoma sus turbias luces:
quedó el alcázar tranquilo,
despejó la muchedumbre,
sonó un beso, y don Enrique
entregó su dama al Duque.
Aquél dijo: «Hasta mañana.»
Contestó éste: «Si a Dios cumple.»
Y don Enrique, volviéndose,
siguióle la servidumbre.

La cortina verde de José Zorrilla

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La cortina verde
de José Zorrilla



Son unas horas después,
y vense en su gabinete,
Inés en un taburete,
y don Enrique a sus pies.
Testigos de sus deslices
en aquel retrete obscuro,
están colgados del muro
de Flandes cinco tapices.
Toda sorpresa exterior
provienen las celosías
y dos dueñas, de vigías,
que están en el corredor.
Lucha la luz con la sombra;
el rojo sol de Occidente
colora confusamente
las labores de la alfombra.
Las flores, desde el jardín,
prestan al aura perfume,
y otro al fuego se consume
en el mismo camarín.
Todo es paz, calma y quietud
en el retrete oriental;
mas si no es paz criminal,
no es la paz de la virtud.
Don Enrique está hechicero;
doña Inés como una estrella;
voluptuosa está la bella,
y galán el caballero.
En los ojos de la hermosa
se está mirando el galán,
y ambos atizando están
hoguera tan peligrosa.
Ella, en recreo infantil,
destrénzale los cabellos,
bucles haciéndole de ellos
con sus manos de marfil.
Él, con sonrisa liviano,
en acento adulador
dulces palabras de amor
la dice a la cortesana.
Ella de orgullo suspira
gozando el favor Real,
aunque él interpreta mal
la vanidad que la inspira.
Él mancebo y sin consejo,
en su amor se está abrasando;
pero ella está contemplando
su contorno en un espejo.
Él la dice: «Hermosa estás»;
en silencioso desdén
dice ella: «Lo sé tan bien,
que advertirlo está de más.»
Él, con el dulce reclamo
del silencio engañador,
traduciéndolo mejor,
añade: «Inés yo te amo.»
Ella, culpando su exceso,
cuando más cerca la estrecha,
le da de sí satisfecha,
por cada palabra un beso.
Y en larga conversación,
ella altiva, él importuno,
demuestra bien cada uno
el afán del corazón.
Así el Príncipe decía
enajenado a la hermosa;
y astuta y voluptuosa,
ella así le respondía:
DON ENRIQUE Un reino me aguarda, sí;
con él media vida diera
por gozar, Inés, siquiera
la otra media junto a ti.
DOÑA INÉS Siendo Príncipe, señor,
dierais, existiendo un año,
cada mes un desengaño
a vuestro constante amor.
DON ENRIQUE Pasiones fueran livianas,
pasatiempos nada más;
que no encontrara quizás
sino amor de cortesanas.
Mas, Inés, viéndote a ti,
esquivarte fuera en vano.
DOÑA INÉS. Hoy me aduláis cortesano,
que estáis delante de mí.
DON ENRIQUE Te lo juro, hermosa Inés:
diera mis Reales palacios,
mis coronas de topacios,
por vivir siempre a tus pies.
DOÑA INÉS ¿Tan bella, Enrique, os parezco?
DON ENRIQUE Como tú no nacen dos,
y por ello, ¡vive Dios!
sufro mal que no merezco.
DOÑA INÉS ¿Vos por mí males?
DON ENRIQUE Si a fe.
DOÑA INÉS No os entiendo.
DON ENRIQUE ¿Me amas? Di.
DOÑA INÉS En mi alma, de vos a mí
si hay diferencia no sé.
Mas.....
DON ENRIQUE ¿Qué, Inés?
DOÑA INÉS ¿Habéis oído?
Jurara que algo sonó.
DON ENRIQUE Nada he percibido yo.....
ilusión tuya habrá sido.
Quedó Inés un punto en pie
escuchando perspicaz,
y asióla el Príncipe audaz
repitiendo: «Nada fue.»
Y a fe que era la quietud
de aquel ansioso momento
tan honda en el aposento
como en desierto ataúd.
Ningún rumor la turbaba,
ningún susurro se oía,
si alguna vez se eximía
la brisa que murmuraba.
Los vapores del perfume
que exhala el ancho pebete,
aroman el gabinete
y el aire que los consume.
La rica tapicería
inmoble en el muro está,
y a sitio seguro da
cada puerta y celosía.
Hay en el fondo una alcoba
que, aunque en la sombra se pierde,
espesa cortina verde
al ojo su interior roba.
Tal vez el aura sutil
un instante la movió,
y eso sin dada causó
a Inés su terror pueril.
Mas repuesta y sosegada
junto al Príncipe otra vez,
díjole con candidez:
«Tenéis razón: no fue nada.
»Mas perdonad que haya sido
tan fácil para el temor,
que aunque os tengo mucho amor,
tengo miedo a mi marido.»
DON ENRIQUE No me le nombres, Inés,
que hasta su nombre me irrita.
DOÑA INÉS La vida, señor, me quita
con tan celoso como es.
DON ENRIQUE ¡Ah! ¡Inés mía, ese es el mal
que lamentaba hace poco!.....
Tengo de volverme loco
con un hombre tan cabal.
No hay cortesano mejor
ni más puntual caballero,
en la obediencia el primero,
y el primero en el valor.
No hay medio de hallarlo infiel
ni falta que acriminar,
ni encuentro qué castigar
por más que lo busco en él.
En la primera excepción
en que incurra, ha de morir.
DOÑA INÉS Señor, ¿eso osáis decir?
DON ENRIQUE Alma mía, celos son.
No puedo pensar en paz
que él goza de tu hermosura,
cuando por igual ventura
me lamento sin solaz.
¿Te parece digna traza
de un Príncipe que osa amarte,
esperar por sólo hablarte
a que él se salga de caza?
¿Es digno de mi ambición
que cuando él parte tu lecho,
me dé yo por satisfecho
con verte por un balcón?
DOÑA INÉS Pero yo, Enrique, os adoro.
DON ENRIQUE Sí; y en ese amor sobrante
me arrebatas el diamante,
¡dándome el anillo de oro!
DOÑA INÉS Os doy cuanto puedo dar.
No podéis más exigir.
DON ENRIQUE Aunque él haya de morir,
tu amor sólo he de alcanzar.
Ronco, ahogado, comprimido,
sonó un fugitivo acento,
como el rumor del aliento
largo tiempo detenido.
Perdió la dama el color,
púsose el Príncipe en pie,
recelando ambos que esté
alguno en el corredor.
Mas por el mismo lugar,
con muy recatada seña,
oyóse a la astuta dueña
por el corredor llamar.
-Adiós, señor, dijo Inés,
que de partiros es hora.
-¿Hasta cuando?
-Por ahora.
Si gustáis, hasta después.
-¿Tanta ventura es verdad?
-Os lo había prometido;
de caza está mi marido
válganos la obscuridad.
¿Vendréis?
-¿Cómo no?
-Atended;
no hagáis confianza vana,
abierta está la ventana
y es áspera la pared.
-Os entiendo: vendré solo.
-Sí, que la noche es obscura.
-¡Oh! Y por tamaña ventura,
fuera yo de polo a polo.-
Salió el Príncipe, y la bella,
orgullosa por su amor,
saliendo hasta el corredor,
dejó el camarín tras ella.
Todo en él fue soledad,
y la cortina arrugando,
vióse al Duque murmurando,
inmoble en la obscuridad.
«He aquí que todo lo pierde
por no pensar mi mujer
que yo me puedo esconder
tras esta cortina verde.»

Justos por pecadores de José Zorrilla

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Justos por pecadores
de José Zorrilla



Es Clara una hermosa niña
que en la faz muestra gentiles
de sus diez y siete abriles
los encantos a la vez.
Sencilla, mas sin que el mundo
la sobrecoja ni empache;
las pupilas de azabache,
y de azucenas la tez.
Suelta y libre la cintura,
como la noche el cabello,
transparentes en el cuello
venas de virgen azul.
Pie breve y aéreo paso,
más inquieta y más ligera
que en la fértil primavera
las hojas del abedul.
Gacela del mirar dulce
la llamó un árabe errante;
sol, azucena y diamante,
las gitanas que la ven.
El árabe en sus desiertos
con su memoria camina;
Egipto la vaticina
infinito amor y bien.
Sus ojos brillan tranquilos
como una noche serena;
su alma en ellos se ve ajena
de temor y de inquietud.
El Duque la dice «amiga»,
doña Inés la dice «hermana»,
los mancebos «soberana»,
y «hermosa» la multitud.
Si se reclina cansada
junto a la fuente sonora,
la náyade protectora
parece de su cristal.
Si corre de los jardines
por las sendas desiguales,
semeja entre los rosales
una sílfide ideal.
Si sonríe, es su sonrisa
tan pura y tan hechicera
cual la blanca luz primera
del alba limpia de Abril.
Su voz es a quien la escucha
red amante, oculta vira,
y el aliento, si suspira,
aura olorosa y sutil.
El Duque parte con ella
todo el amor de su esposa;
doña Inés procura ansiosa
con ella olvidarse dél.
Y es Clara, partiendo entrambos
su purísimo cariño,
para aquélla un tierno niño,
y un serafín para aquél.
Pasó toda aquella tarde
en el huerto entretenida,
con una dueña que cuida
sus caprichos de cumplir.
Cayó el sol; enlutó el cielo
la impalpable sombra inmensa;
la noche lóbrega y densa
amagó el mundo cubrir.
Guardó Clara sus cabellos
con un velo, del rocío;
cruzando el jardín umbrío,
hacia el camarín tornó.
Y asida a un ramo de flores
que robó a la primavera,
por una obscura escalera
hasta el corredor llegó.
Allí doña Inés, posada
la mano en el antepecho,
miraba un camino estrecho
que oculto a la calle da.
Y en el jardín, tras la dueña
que recatada le guía,
por la misteriosa vía,
rápido el Príncipe va.
Clara entonces, silenciosa,
viendo a Inés tan distraída,
de su estancia la salida
ganó a su espalda veloz,
Cayó la puerta de golpe
con estrépito violento,
y oyóse en el aposento
del Duque ronca la voz.
Tornóse Inés aterrada,
oyóse dentro un gemido;
aplicó atenta el oído,
y dijo temblando: «El es.»
Rápida, desalentada,
por el corredor saltando,
dio al jardín, encomendando
su salvación a sus pies.
Trémulo, descolorido,
el Duque de allí a un momento,
saliendo del aposento,
embozado apareció.
Caló el sombrero a los ojos,
y dando vuelta a la llave,
con paso callado y grave
la escalerilla bajó.

Un apéndice a las ventanas de la Duquesa de José Zorrilla

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Un apéndice a las ventanas de la Duquesa
de José Zorrilla


Triste y lóbrega es la noche;
no está en el cielo la luna
colgada como una antorcha
entre la niebla nocturna.
No es azul el firmamento;
que le encapotan y enlutan
informes masas de nubes,
que a paso tardo lo cruzan.
Todo es silencio en Segovia;
las ráfagas no murmuran,
que el aire denso y pesado,
vecina tormenta anuncia.
Triste y lóbrega es la noche;
yace la ciudad a obscuras
en brazos del primer sueño,
inmóvil, opaca y muda.

Con precaución cautelosa
que intento secreto anuncia,
corrió una mano el cerrojo
de un postigo que se ofusca
en un lado del alcázar,
entre prolijas molduras.
Por ella dos embozados
salieron: ya que la alumbra
débil luz de una linterna,
por defuera la aseguran.
Como mucho se recatan
y es la sombra tan confusa,
no se percibe a lo lejos
ni su faz ni su figura.
Porque es la sombra un cristal
que los recelos enturbian,
y el objeto que se mira
se disminuye o se abulta.
Tan velozmente caminan,
que pueden dejar en duda
si su acelerada. marcha
es persecución o fuga.
Doblan esquinas y calles,
plazuelas y plazas cruzan;
dijeran que van perdidos
sin encontrar lo que buscan.
Mas tan decididos siguen
la dificultosa ruta,
que bien se ve que no yerran
ni se desorientan nunca.
El ferreruelo cruzado,
a los ojos la capucha,
la barba sobre los pechos;
el morterete sin pluma,
van su camino en silencio
con planta firme y segura,
y el uno delante el otro,
ni se paran ni se juntan.
Debajo de unas ventanas
que con labores difusas
cercan muchos arabescos
de primorosa escultura,
detúvose el de delante
diciendo: «Vela y escucha,
esperando que yo vuelva
sin que nadie me descubra.»
Replicó el otro en voz baja,
saludando con mesura:
«Y si una ronda.....
-Que pase,
que mi grandeza te escuda.
-¿Y si un curioso?.....
-Que vuelva
Atrás.
-¿Y si me importuna?
-Requiere, si no eres manco,
la razón de tu cintura.»
Siguió adelante, esto dicho,
y primero que él acuda
a dar, prevenido y cauto,
o noticia o seña suya,
abriéndose una ventana,
lanzó de su sombra muda
con una escala de seda
una voz que dijo: «Suba.»
Subió el galán; mas llegando
veloz a la cuerda última,
un brazo que sacó un hombre
que esconde la catadura,
dándole aprisa un saquillo,
dijo: «Tome lo que busca.»
Y cerrando la ventana,
mano, voz y hombre se ocultan.
A tal momento, en la calle,
con voz de duelo y angustia
un ¡ay! lanzando una dama,
de la escala se asegura.
Bajó el caballero, y ella,
jadeando lo pregunta:
«¿Vivís?», y asiendo el estoque,
él replicó: «¿Quién lo duda?»
Llegó en esto el apostado
con la linterna, y a una,
dama y galán prorrumpieron:
«¡Don Enrique!» «¡Inés!» «Alumbra.»
Abrió el Príncipe el saquillo,
y sintiendo la tela húmeda,
metió la mano, y asiendo
con asombro lo que oculta,
sacó de la hermosa Clara
la cabeza infantil, mustia.
«¡Santos del cielo! ¡Mi hermana!»
«Su sentencia era la tuya,
dijo a doña Inés el Príncipe;
válgate, pues, tu fortuna.»
Y dando a la dama el brazo,
tomando su antigua ruta,
entraron en el alcázar
por la puertecilla oculta.

A luengas edades luengas novedades de José Zorrilla

By
A luengas edades luengas novedades
de José Zorrilla


I
El Príncipe pasó a Rey,
y, como era de esperar,
todo debió de cambiar,
sujeto a distinta ley.
Era la Reina muy bella;
mas, como bella, celosa;
y otra alguna, por hermosa,
no tiene igualdad con ella.
Así que, el Rey don Enrique,
si no adquirió más virtud,
de su ociosa juventud
puso a los vicios un dique.
De sus amigas livianas,
mucho el número menguó,
y a la Reina encomendó
sus más lindas cortesanas.
Es verdad que, a las dos leguas,
doña Guiomar, cada día,
entretenerle solía,
dando al matrimonio treguas.
Y es cierto que, tan leal
a su Príncipe como ella,
de su amor le hace querella
Catalina Sandoval.
Mas pecados Reales son,
que tachar fuera imprudencia:
son del cetro una exigencia,
excesos del corazón.
Que es mezquino, a nuestro ver,
que mandando tanta gente,
un monarca se contente
con tan solo una mujer.
Si Dios condena el amor
a la mujer del vecino,
no habla el precepto divino
con él con tanto rigor.
Y sin duda alguna es bien
que, pues la ley dan los reyes,
sean ellos con las leyes
privilegiados también.
Por eso, en una alta torre
que al campo del moro cae,
por do Manzanares trae
sus corrientes, cuando corre,
se oye en la noche callada,
sobre las alas del viento,
un dulcísimo lamento
y un arpa bien acordada.
Por eso, en la noche obscura,
dice el necio centinela,
que en aquella parte vela
la bruja que el Rey conjura.
Pues de tiempo inmemorial,
por entre el vulgo se suena
que allí encontró el de Villena
un colega espiritual.
Distinto habitante mora
hoy en la torre precita;
mas quiénes o quién la habita,
el vulgo y la Corte ignora.
Porque aunque a veces en ella
se oye que en trova confusa
la voz de quien canta acusa
los rigores de su estrella,
Se oye también que suspira
tan amantes cantilenas,
que si canta entre cadenas,
no canta, sino delira.
A veces, una voz blanda,
en estribillo amoroso,
de un amador licencioso
nuevas al viento demanda.
Y es tan suave, y tan flexible,
y tan tierna en su cantar,
que intentarla remedar
fuera a otra voz imposible.
Ya apagada, ya sonora,
ya trémula, ya segura,
como la fuente, murmura;
como la tórtola, llora.
Ya es un canto ronco y vago,
sin tema sobre que acuerdo,
como un aura que se pierde
entre la niebla de un lago.
Ya es alegre y peregrina
una voz tan infantil,
que no envidia, en lo sutil,
tonos a la golondrina.
Y a veces, en la alta, obscura,
larga noche, allí resuena
varonil, pujante y llena,
otra voz sin su dulzura.
Mas también con su vigor,
la voz dulce se amalgama,
que el aire las desparrama
en dobles himnos de amor.
Una de amor se querella,
y otra canta sus victorias;
ésta adora sus memorias,
y las diviniza aquélla.
Quien de lejos las escucha
en la negra obscuridad,
duda si sueña, en verdad,
y consigo mismo lucha.
Temo la superstición
maleficio en el cantar,
pero se mueve a escuchar
temerario el corazón.

Es una noche tranquila,
de esas azules, serenas,
en que de la luna apenas
la pálida luz vacila.
Dentro de aquel torreón
que cae al campo del moro,
se escucha el compás sonoro
de la femenil canción.
Envuelta en obscuro velo,
emblema claro del luto,
torna el rostro mal enjuto
una mujer hacia el cielo.
Y brilla más la tristeza
de su encantadora faz,
con el llanto que tenaz
destila de su tristeza.
Y en su angustia solitaria,
demandársela pudiera
si canción tan lastimera
es cántico o es plegaria.
En un sitial, a su lado,
con un laúd la acompaña
Enrique cuarto de España,
de su corona olvidado.
Pero ella ensaya tan mal
la endecha triste que canta,
que mohíno el Rey aguanta,
mal sentado en su sitial.
Viendo la poca virtud
que su canto ejerce en ella,
pues los tonos de la bella
no aciertan con su laúd,
Soltando al fin de la mano
el inútil instrumento,
dijo con severo acento,
entro brusco y cortesano:
«Para tal torpeza, Inés,
que no cantes es mejor.»
DOÑA INÉS Cuanto pude hice, señor,
Y os lo ofrezco tal cual es.
Dos meses ha que venís
a gozaros en mi afán
con el nombre de galán,
mas como señor pedís.
Sin curar de mi dolor,
mandáisme cantar, y canto,
no llorar, y enjugo el llanto,
no amar..., y muero de amor.
DON ENRIQUE Inés, importuna estáis.
DOÑA INÉS Y vos, por demás severo.
DON ENRIQUE Que estáis muy celosa infiero.
DOÑA INÉS Yo infiero que no me amáis.
DON ENRIQUE ¡Siempre dudas de mujer!
¡Siempre igual reconvención!
DOÑA INÉS Amando de corazón,
amar es obedecer.
Todas las noches traéis
la desazón en el gesto,
siempre a enojaros dispuesto,
y no hay de qué os enojéis.
El tiempo os parece largo
que pasáis siempre conmigo;
nunca, señor, os lo digo,
y lo lloro, sin embargo.
DON ENRIQUE Mas todas las noches vengo,
Inés, y no se te oculta
que siempre lo dificulta
el grave cargo que tengo.
DONA INÉS Mas yo, señor, noche y día
en esta torre encerrada,
os espero enamorada
sin tener otra alegría.
Veo la noche importuna,
de la aurora el arrebol,
nacer y morir el sol,
nacer y morir la luna.
Y todo el tiempo se va
en inútiles querellas,
demandando a sol y estrellas
que me digan dónde está.
Veo todas las mañanas,
así que el sol reverbera,
partirse en fuga ligera
las avecillas livianas.
Todas las noches las veo
al crepúsculo volver,
fatigadas, puede ser,
mas cumplido su deseo.
Y a mí el tiempo se, me va,
en esas rejas vecinas,
pidiendo a las golondrinas
que me digan dónde está.
Callaba el Rey, interés
prestando a sus voces poco,
y en delirio amante y loco
lloraba a su lado Inés.
Él, la barba sobre el pecho,
cruzadas ambas rodillas,
sus querellas sin oillas,
distraído o satisfecho.
Ella, en más bajo lugar,
mal prendido el luengo velo,
las mangas le terciopelo
deshilando sin cesar.
El Rey, como quien tolera
algo que le mortifica;
ella, como quien suplica
algún favor que no espera.
Al fin, como quien despierta
de un sueño que le acosó,
así don Enrique habló,
con trémula voz incierta:

«Mucho te amé, bella Inés;
mucho te amo, mas perdona
que no pueda mi corona
rendir amante a tus pies.
»Casado estoy, en verdad,
y de mi cetro en honor,
no cuidaré de tu amor,
sí de tu seguridad.
»El Duque no sé qué es dél,
y pues se habla de ello mal,
partirás a Portugal
con un mensajero fiel.»

Calló el Rey, e Inés, transida
de dolor tan impensado,
de espaldas cayó a su lado,
cercana al fin de la vida.
En sus brazos la sostuvo,
y a merced de un elixir,
la vida volvió a latir,
camino el aliento tuvo.
Volvió a herir su corazón
su altivez o su mancilla,
y dijo al Rey de Castilla
con la voz de la aflicción.
«Fue amaros orgullo en mí;
hízolo amor la porfía,
mas pues la culpa fue mía,
castigada quedo así.»
Y tornándola a faltar
segunda vez el aliento,
salió el Rey del aposento
tras quien la venga a ayudar.



II
Allá, por do Manzanares
en humildosas corrientes,
antes de entrar cortesano
en Madrid, sus aguas vierte,
hay un sitio en que fundaron
un alcázar otros reyes.
Pardo en el nombre, y perdido
en verdad en sus placeres,
en un despejado campo
que a su entrada el lugar tiene,
con grande rumor levantan
a toda prisa un palenque.
Dispónense aparadores,
aparéjanse banquetes;
doquier se aprestan vajillas
y se despitan toneles.
Guirnaldas en los balcones,
tapices en las paredes,
pabellones en los techos
y en las alfombras pebetes.
Doquiera, en el campo tiendas
con banderas diferentes;
andamios para la Corte,
y andamios para los jueces.
Y en el palacio tumulto,
y tumulto en el palenque;
y en las calles y en las plazas,
los que van y los que vienen.
Por allá suben literas,
por acullá palafrenes;
por allí, de Real mandato,
de su Real guardia jinetes;
por un lado arcabuceros,
por otro lado donceles,
que ganando tiempo y tierra,
buscando aposentos vienen.
Músicos, dueñas, rateros,
saltimbanquis y corchetes,
tamboriles y danzantes,
curiosos e impertinentes.
Aquí una moza devota,
que el brazo a una vieja tiene,
se ajusta en son de maitines
con un majo matasiete.
Allí un dominico obeso
abultado de mofletes,
en una niña de quince
puso los ojos ardientes,
sin duda alguna admirando
al Dios que hace aquellos seres
de ojos negros, manos blancas,
cintura escasa y pie breve.
Más allá, bajo un sombrero
que en la oreja se mantiene,
alto y torcido el bigote,
larga espada, y entre el leve
rizado de ancha valona
escondido hasta los dientes,
de pie derecho, y la mano
sobre la cintura siempre,
está, a través escupiendo,
apercibido un valiente
de esos que dicen: «Miradme,
que hay indulgencias en verme.»
Y sobre todo el murmullo
que tan sin término hierve,
en cóncavo estruendo ronco
por pueblo y campo se sienten
los mazos de los peones
que levantan el palenque,
y el mantillo del armero
sobre golas y broqueles.
Grandes fiestas se preparan
y según dice la gente,
son por los embajadores
que de la Bretaña vienen;
así también lo confirma
la conversación siguiente
de dos judíos que aromas,
joyas y armaduras, venden:

-Buen agosto os habéis hecho,
Rubén, a lo que parece.
-No estoy quejoso, en verdad.
-Y aun contento.
-Ciertamente.
-Sed franco.
-¿Más he de ser?
-Y por nuestros intereses,
vayamos ambos a una,
que espero que no nos pese.
-Sea así, hermano Daniel,
y escuchadme atentamente.
El Rey me compró en secreto,
para lujo en sus valientes,
las armaduras mejores
del torneo.
-¿Cuántas?
-Trece.
-¡Santos del cielo! ¿En monedas
os pagó?
-Al punto y corrientes.
-Feliz sois, Rubén.
-Veamos
Vuestra fortuna.
-Yo siempre
Por enemiga la tuve.
-Pero yo sé que igualmente
el Rey, Daniel, os buscaba.
-Sí, mas fue ganancia leve:
aplazóme los caballos
de mejor sangre que hubiese,
y díle, blancos y negros,
Los mejores.
-¿Cuántos?
-Trece.
-¿Y os quejáis?
-¡Santa Sión!
Pagó dos; los once debe-
Callaron ambos un punto,
y a Rubén Daniel volviéndose,
díjole:-Mas ya hay quien cubre
lo que pierdo en los corceles:
don Beltrán armó los suyos,
pródigo con mis arneses.
-¡Oiga! ¿También don Beltrán
campo en el cerco mantiene?
-No por cierto; mas levanta
en Madrid otro palenque,
para una segunda fiesta
a la vuelta de los Reyes.
A la parte de Alcalá
tiene apostada su gente,
para tomar de las damas
la brida a los palafrenes.
-¡Atrevido es el pagano,
y ardua causa la que emprende!
Los galanes victoriosos
se opondrán reciamente.
-Pues don Beltrán de la Cueva
aun se está tan en sus trece,
que diz que hasta el mismo Rey
le hará campo, aunque le pese.
-Mucho puja
-Es conde y rico.
-Y el Rey es rey.
-Y él valiente;
y tiene consigo un hombre
que recata el rostro adrede,
que es capaz de armar batalla
el solo con diez y siete.
-¿Un soldado?
-Un caballero.
-¿Que es quien paga?
-Lo parece.
Que es un extranjero dicen
que de aventurero viene.
-¿Trae gente en su compañía?
-Lanzas hasta veintinueve.
-¿Es francés?
-Flamenco.
-¿Amigo
de las batallas?
-No debe.
-¡Cómo!
-Dél se cuentan cosas
bien extrañas cabalmente.
Dicen que, en vela continua,
no se sabe cuándo duerme;
que es sobrio como una monja.
-Mas ¿su nombre?
-No le tiene;
sólo el Flamenco le llaman;
siempre anda solo y le temen.
-Mas ¿no se conoce de él.....
-Nada más que lo que él quiere;
y que es alto, recio, osado,
y a lidiar dispuesto siempre.-

Callaron ambos judíos,
y en raudo tropel la gente
se agolpó sobre el camino
a vitorear a sus Reyes.



III
Como seis días después,
y hacia las dos de la tarde,
en el prado que en Madrid
por San Jerónimo sale,
armados hasta los dientes
y cubiertos los semblantes,
estaban dos caballeros
de una ancha tienda delante.
Detrás de ellos, apostados
en hilera formidable,
hay hasta treinta jinetes,
potentísima falange.
Y otros treinta caballeros,
cuanto valiente galanes,
-en varios grupos conversan,
de su pompa haciendo alarde.
Donceles tienen sus lanzas;
sus caballos tienen pajes,
siendo a la par todos ellos
soldados y capitanes.
Detrás hay una barrera
que guardan, con antifaces,
otros doce caballeros
sobra doce yeguas árabes.
A los lados dos andamios,
uno con las armas Reales,
y otro con las de Bretaña,
coronados de sitiales.
Otro andamio casi enfrente,
y en él los jueces y grandes
que han de pesar la justicia
y la ley de los combates;
y el resto cerca una valla,
hasta dos arcos triunfales,
en que remata una liza
que por la barrera se abre.
Banderas de mil colores
se estremecen en el aire,
que embalsaman ramilletes
de jazmines y azahares.
Lindísimas cortesanas
de cabellos de azabache,
tez pálida y ojos negros,
bajan el prado adelante;
porque ¿qué son los jardines
en que las flores no salen,
no lo que son las fiestas
en que las damas no caben?
De ambas las tropas que aguardan
el duro y próximo trance,
hablan en voces secretas
ambos los jefes audaces;
uno es Beltrán de la Cueva,
del otro nada se sabe,
sino que con treinta lanzas
con don Beltrán hizo parte.
Es de talla aventajada,
de nunca visto semblante,
vigoroso asaz de miembros
y de fuerza sin iguales;
un hacha de armas esgrime
y una espada formidable,
que los arneses más recios
desencajan y deshacen.
Cabalga un potro normando
como sufrido pujante,
que obedece a los impulsos
de dos largos acicates;
y acostumbrado a la guerra,
en que ha tiempo que le traen,
mal le reprime el jinete
al oír los atabales.
A su vez el caballero
le acosa con voz tonante,
como si el mismo caballo
a la misma par lidiase;
y dicen que tan a tiempo
la segunda, vuelve y parte,
que un solo cuerpo lidiando,
caballero y corcel hacen.
Así Beltrán de la Cueva
le hablaba a este personaje,
y el flamenco respondía
con razones semejantes:
DON BELTRÁN ¿Seréis firme?
FLAMENCO Como un roble.
DON BELTRÁN ¿Lidiaréis?
FLAMENCO A toda sangre.
DON BELTRÁN ¿Nadie pasará?
FLAMENCO Ninguno
con espada ni con guante.
DON BELTRÁN ¿Y si el mismo Rey se empeña?
FLAMENCO ¡Al Rey vive Dios que mate,
y lleve su guantelete
en una pica hasta Flandes!
DON BELTRÁN Si como decís obráis,
temo que el campo no os baste.
FLAMENCO Al tiempo lo recomiendo;
y si la suerte me vale,
veréis que mejor amigo
no hallaréis para este trance.
DON BELTRÁN ¿Qué mote sacáis?
FLAMENCO Ninguno.
DON BELTRÁN Pues he visto a vuestro paje
un broquel con una letra.
FLAMENCO Esa letra dice: «Nadie.»
DON BELTRÁN ¿Es orgullo?
FLAMENCO Es una historia.
DON BELTRÁN ¿De amoríos?
FLAMENCO Y de sangre.
DON BELTRÁN ¿Sois príncipe?
FLAMENCO No por cierto.
DON BELTRÁN ¿Sois huérfano?
FLAMENCO Lo acertasteis
porque, a ninguno sujeto,
soy libre, y la tierra grande.
Oyóse en esto el tumulto
de pífanos y atabales,
y vióse la polvareda
que por el campo adelante
envuelve a los que se acercan
tras los pendones Reales,
que acabados los torneos,
a Madrid vuelven triunfantes.
Cabalgó al punto Beltrán,
y cabalgando el de Flandes,
asió broquel, lanza y brida,
diciendo con voz pujante:
«¡A caballo!, ¡voto a Dios!
y en torneo o en combate,
no hay que dejar con espada,
desde San Miguel, a nadie!

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